El tarot se ha convertido en una presencia habitual en redes sociales. Aparece en vídeos cortos, consultas privadas, retransmisiones en directo y publicaciones que prometen revelar qué siente una persona, si una relación regresará o qué acontecimientos se aproximan. A veces se presenta como adivinación; otras, con un lenguaje aparentemente más moderno, como una herramienta de autoconocimiento, intuición o acompañamiento emocional.
Sin embargo, cambiar el vocabulario no resuelve la pregunta fundamental. ¿Qué capacidad tienen realmente unas cartas para conocer la vida de una persona o anticipar su futuro? ¿Por qué tantas lecturas parecen acertar? ¿Estamos ante una práctica espiritual, una técnica psicológica, una forma de entretenimiento o un negocio construido sobre la incertidumbre humana? Para responder con honestidad conviene examinar su historia, sus mecanismos de persuasión y la cosmovisión que sostiene su utilización.
El tarot nació como un juego, aunque la adivinación es mucho más antigua
La Biblia no menciona las cartas del tarot porque la baraja que hoy conocemos surgió muchos siglos después de la redacción de las Escrituras. Sin embargo, sí condena de forma explícita la adivinación, la hechicería y cualquier intento de buscar conocimiento espiritual por medios distintos de la revelación de Dios. Conviene distinguir, por tanto, entre el origen histórico del tarot y el uso espiritual que posteriormente se le dio.
Las primeras barajas de tarot aparecieron en el norte de Italia durante el siglo XV. Eran juegos de cartas utilizados principalmente en ambientes aristocráticos y estaban compuestos por los cuatro palos italianos tradicionales —copas, espadas, bastos y monedas— junto con una serie de triunfos ilustrados. No fueron creadas como un sistema secreto procedente de Egipto ni como un método ancestral para comunicarse con fuerzas espirituales.
La asociación entre el tarot y la adivinación se desarrolló mucho después. A finales del siglo XVIII, autores esotéricos comenzaron a atribuir a las cartas significados ocultos relacionados con la astrología, la numerología, la cábala y supuestos conocimientos egipcios. Durante el siglo XIX, estas reinterpretaciones terminaron transformando un juego europeo en uno de los sistemas de cartomancia más populares del mundo occidental.
El mazo moderno más influyente fue el Rider-Waite-Smith, publicado a comienzos del siglo XX. Sus 78 cartas —22 arcanos mayores y 56 menores— fueron completamente ilustradas, lo que facilitó que el lector construyera relatos a partir de las imágenes. La baraja dejó de depender únicamente de significados memorizados y pasó a favorecer una interpretación más narrativa e intuitiva. Esto tampoco fue un proceso neutral. Arthur Edward Waite, quien dirigió el diseño del mazo junto a la ilustradora Pamela Colman Smith, era miembro de la Orden Hermética de la Aurora Dorada (Golden Dawn), además de pertenecer a la masonería y a otras organizaciones esotéricas. El Rider-Waite-Smith fue concebido dentro de ese contexto ocultista e incorporó influencias de la astrología, la cábala, el rosacrucismo y la magia ceremonial, cosmovisiones incompatibles con la enseñanza bíblica.
Este recorrido histórico ayuda a desmontar una de las afirmaciones más frecuentes del esoterismo: el tarot no conserva una sabiduría universal transmitida intacta desde civilizaciones remotas. Sus significados actuales son el resultado de reinterpretaciones relativamente recientes. Las cartas no llegaron acompañadas de un diccionario objetivo; fueron diferentes autores, profundamente influenciados por corrientes esotéricas, quienes les asignaron asociaciones, símbolos y supuestas capacidades espirituales. Lejos de ser una herencia misteriosa preservada durante milenios, el tarot moderno es el producto de un proceso histórico bien documentado.
Cómo se construye una lectura del tarot
En una consulta, el significado atribuido a cada carta depende de varios elementos: la pregunta formulada, la posición que ocupa dentro de la tirada, las cartas cercanas, la orientación normal o invertida y la interpretación personal del tarotista. Una misma carta puede significar transformación, pérdida, transición, miedo, oportunidad o renovación según el contexto. Es un sistema lo bastante flexible como para adaptarse a casi cualquier situación.
Esa amplitud interpretativa es especialmente visible en las lecturas colectivas de internet. El tarotista dirige el mismo mensaje a cientos o miles de personas y suele advertir: “Quédate con lo que resuene”. La frase parece prudente, pero cumple una función decisiva: permite conservar los aciertos y descartar los errores. Todo lo que coincide se recibe como confirmación; lo que no encaja sencillamente “no era para ti”. Así resulta difícil que la lectura pueda considerarse equivocada.
La mayoría de estos mensajes se concentra además en asuntos humanos universales: relaciones ambiguas, heridas del pasado, necesidad de reconocimiento, miedo al cambio, conflictos económicos o esperanza de una nueva oportunidad. No hace falta conocer sobrenaturalmente a una persona para afirmar que ha sufrido decepciones, que desea sentirse valorada o que está atravesando una decisión importante. Son experiencias suficientemente comunes como para que una parte considerable de la audiencia pueda identificarse.
Por qué el tarot parece acertar
La psicología ofrece explicaciones mucho más sólidas que la supuesta capacidad predictiva de las cartas. Una de las principales es el efecto Forer o efecto Barnum: la tendencia a aceptar como personales y precisas descripciones generales que podrían aplicarse a muchas personas. Afirmaciones como “te cuesta confiar después de lo que has vivido” o “hay una parte de ti que desea avanzar, pero otra teme equivocarse” parecen íntimas porque contienen tensiones humanas frecuentes.
A esto se añade la lectura en frío. El lector comienza con afirmaciones amplias, observa las reacciones de la persona y va ajustando el discurso. Una expresión facial, una rectificación, una pregunta o un silencio aportan información. Cuando algo falla, puede reinterpretarse; cuando algo acierta, se desarrolla con mayor seguridad. El consultante termina proporcionando, a menudo sin darse cuenta, buena parte de los datos que después percibirá como revelados.
También interviene el sesgo de confirmación. Recordamos con facilidad las coincidencias y olvidamos las predicciones que nunca se cumplieron. Si una carta parece anunciar un cambio y meses después ocurre algo relevante, ambos hechos quedan conectados retrospectivamente. No se suele registrar cuántos cambios posibles fueron insinuados, cuántas interpretaciones alternativas existían o cuánto tiempo pasó hasta encontrar un acontecimiento compatible.
La expectativa puede producir además efectos emocionales reales. Una lectura tranquilizadora puede reducir temporalmente la ansiedad, mientras que una predicción negativa puede aumentarla. Que alguien experimente alivio, temor o claridad después de una consulta no demuestra que las cartas posean poder. Demuestra que las palabras, las expectativas y la sugestión influyen en nuestra percepción. El efecto es auténtico; la explicación sobrenatural no queda validada por ello.
El problema del llamado tarot terapéutico
Ante las críticas a la adivinación, algunos practicantes presentan el tarot como una herramienta terapéutica o proyectiva. Afirman que no predice el futuro, sino que ayuda a explorar pensamientos, emociones y posibilidades. Esta reformulación puede parecer menos problemática, pero requiere varias precisiones.
Una imagen simbólica puede provocar asociaciones personales, del mismo modo que puede hacerlo una novela, una pintura o una conversación. Eso no convierte al tarot en psicoterapia ni concede validez clínica a sus interpretaciones. Cuando alguien sin formación sanitaria utiliza términos como trauma, bloqueo, dependencia, energía o sanación para orientar decisiones sensibles, puede crear una apariencia de autoridad que no posee.
El riesgo aumenta cuando la persona sustituye ayuda profesional, consejo responsable o decisiones razonadas por consultas sucesivas. Se ha documentado incluso la búsqueda compulsiva de servicios de adivinación: personas que necesitan preguntar una y otra vez porque la respuesta anterior solo les proporcionó alivio temporal. El tarot promete reducir la incertidumbre, pero puede terminar alimentando la incapacidad de soportarla.
Tarot, redes sociales y explotación económica
Las plataformas digitales han convertido el tarot en una auténtica industria de marca personal. Hoy es posible monetizar vídeos, consultas privadas, cursos, membresías, mazos personalizados, rituales, limpiezas energéticas y todo tipo de servicios relacionados con la adivinación. Los algoritmos de las redes sociales favorecen especialmente este tipo de contenidos porque apelan a emociones intensas, generan curiosidad constante y mantienen al usuario regresando una y otra vez en busca de nuevas respuestas.
No toda persona que lee cartas ha sido condenada por fraude, y sería irresponsable utilizar esa palabra como acusación indiscriminada. Sin embargo, sí existen numerosos casos judiciales bien documentados en España y Latinoamérica en los que supuestos videntes han utilizado el miedo, las amenazas y la vulnerabilidad emocional para obtener importantes cantidades de dinero.
En España, Pepita Vilallonga fue condenada por estafar a una mujer mediante advertencias sobre una muerte inminente, un supuesto mal de ojo y la necesidad de pagar rituales sucesivos. El Tribunal Supremo también confirmó una condena de cuatro años de prisión contra un vidente que convenció a dos hermanos para entregar joyas y solicitar préstamos, amenazándolos con accidentes y desgracias familiares.
El patrón suele repetirse con sorprendente frecuencia. Primero se identifica un problema invisible que solo el supuesto vidente parece capaz de detectar. Después se presenta una amenaza o una promesa extraordinaria. Finalmente aparece la solución… siempre a cambio de dinero. La persona no paga por un servicio verificable, sino por intentar evitar una desgracia cuya existencia depende exclusivamente de la palabra de quien la anuncia.
Incluso las redes sociales han generado nuevas formas de fraude. Existen numerosas cuentas que suplantan a tarotistas conocidos y escriben mensajes privados ofreciendo lecturas «exclusivas». Paradójicamente, muchos creadores de contenido sobre tarot deben advertir constantemente que ellos nunca contactan primero con sus seguidores. Resulta llamativo que un ámbito que afirma revelar lo oculto tenga tantas dificultades para detectar quién está utilizando realmente su identidad.
La dependencia silenciosa del tarot en redes sociales
Sin embargo, existe otra forma de explotación mucho más difícil de identificar porque, en muchos casos, ni siquiera constituye un delito. Es una dependencia emocional que puede desarrollarse alrededor del contenido diario de determinados tarotistas e influencers.
Cada mañana aparecen vídeos con mensajes como «Si este vídeo ha llegado hasta ti, no es una casualidad», «Hay alguien pensando en ti», «Tu ex volverá antes de lo que imaginas» o «El universo quiere decirte algo hoy». Aunque el mensaje se dirige simultáneamente a miles de personas, está formulado para que cada espectador tenga la sensación de haber recibido una comunicación personal.
Aquí vuelven a intervenir varios mecanismos psicológicos ya mencionados, especialmente el efecto Forer y el sesgo de confirmación. Las afirmaciones son lo suficientemente abiertas como para que muchas personas puedan identificarse con ellas. Después, cada uno selecciona inconscientemente aquello que parece encajar con su propia historia y olvida todo lo demás.
El problema no consiste únicamente en que estas lecturas carezcan de fundamento objetivo. El verdadero riesgo aparece cuando comienzan a sustituir el pensamiento crítico y la toma responsable de decisiones. Hay personas que retrasan una conversación importante porque «las cartas dicen que todavía no es el momento», mantienen una relación dañina esperando el regreso que un vídeo prometía, rechazan oportunidades laborales, alimentan falsas esperanzas o viven pendientes de la siguiente lectura para interpretar cualquier acontecimiento cotidiano.
Las plataformas digitales favorecen además este comportamiento porque recompensan el consumo constante. Cada vídeo parece dejar una pregunta sin resolver que invita a ver el siguiente. Poco a poco, algunas personas desarrollan el hábito de consultar varias lecturas al día, buscando una certeza que nunca termina de llegar. El alivio que producen suele ser breve, por lo que aparece la necesidad de volver a consultar una vez más.
En ese sentido, el tarot deja de presentarse como una ayuda puntual para convertirse en una autoridad silenciosa sobre la vida cotidiana. Sin darse cuenta, la persona comienza a interpretar sus relaciones, sus emociones y sus decisiones a través de las cartas en lugar de hacerlo a partir de la realidad. Paradójicamente, aquello que prometía libertad termina creando una nueva forma de dependencia.
Qué dice la Biblia sobre el tarot
La Biblia no menciona las cartas del tarot porque surgieron muchos siglos después de la redacción de las Escrituras. Sin embargo, sí habla de manera clara sobre la práctica a la que se destinan: buscar conocimiento, dirección o poder mediante la adivinación. El juicio bíblico no depende del objeto utilizado, sino de la fuente a la que se recurre y de la pretensión espiritual que existe detrás.
«No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos.»
Levítico 19:31
La prohibición incluye tanto al que practica como al que consulta. Esto es importante porque muchas personas consideran inocente pagar a otra para que realice la lectura. Sin embargo, la Escritura no presenta al consultante como un espectador neutral. Buscar dirección en un medio prohibido expresa una decisión espiritual: acudir a otra fuente en lugar de confiar en Dios.
«¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.»
Isaías 8:20
En su contexto, Isaías confronta a quienes querían consultar médiums y adivinos en un momento de temor nacional. La alternativa bíblica no era encontrar una técnica de adivinación más fiable, sino volver a lo que Dios ya había revelado. Esta es precisamente la cuestión central de sola Scriptura: la Palabra de Dios es la autoridad suficiente para conocer quién es Dios, cómo debemos vivir y dónde debemos buscar sabiduría.
El problema del tarot no son las cartas
Después de conocer la historia del tarot, resulta evidente que unas cartas impresas no poseen ningún poder en sí mismas. Son papel y tinta. La cuestión nunca ha sido el material del que están hechas, sino el uso que se les atribuye y la autoridad espiritual que se les concede.
El problema comienza cuando esas cartas dejan de ser un objeto para convertirse en una fuente de conocimiento. En ese momento ya no importa si la persona habla de energías, intuición, universo, guías espirituales o simplemente «lo que las cartas dicen». En todos los casos está depositando su confianza en una fuente distinta de Dios para obtener dirección, seguridad o respuestas sobre aquello que solo Él conoce plenamente.
Por eso la Biblia nunca centra su atención en los objetos, sino en el corazón humano. Desde el principio, nuestra tentación ha sido buscar conocimiento independiente de Dios. En Edén fue el árbol del conocimiento; hoy pueden ser las cartas del tarot, la astrología o cualquier otra forma de adivinación. Cambian los instrumentos, pero la raíz permanece: el deseo de controlar el futuro y encontrar seguridad sin depender del Señor.
Desde esa perspectiva, incluso cuando alguien afirma utilizar el tarot «solo por curiosidad» o «como entretenimiento», merece la pena hacerse una pregunta más importante: ¿qué estoy buscando realmente en esas cartas? Si espero que me revelen algo sobre mi vida, mis relaciones o mi futuro, entonces ya les estoy atribuyendo una autoridad que Dios nunca les dio.
La verdadera necesidad detrás de las cartas
Muchas personas no llegan al tarot por maldad consciente, sino por miedo, duelo, soledad, incertidumbre o deseo de ser escuchadas. Ridiculizarlas no responde a la necesidad que las llevó hasta allí. La respuesta cristiana debe ser clara respecto al error, pero también compasiva con quien está atrapado en él.
El evangelio no ofrece una técnica más poderosa para controlar el futuro. Ofrece algo mejor: reconciliación con Dios por medio de Jesucristo. Cristo no vino para enseñarnos a descifrar señales, sino para salvar a pecadores, liberarlos de la esclavitud espiritual y enseñarles a confiar en el Padre. La sabiduría cristiana no nace de interpretar símbolos al azar, sino de conocer a Dios, obedecer Su Palabra y descansar en Su providencia.
Abandonar el tarot no significa aceptar una vida sin dirección. Significa dejar de buscar respuestas donde Dios ha dicho que no las busquemos y comenzar a acudir a Él. La incertidumbre seguirá formando parte de nuestra vida, pero ya no tendrá que gobernarnos. El futuro no está escrito en una baraja ni depende de la intuición de un desconocido. Está en manos de Dios, y conocerle a Él es infinitamente más seguro que pretender conocer por adelantado todo lo que sucederá.
❥ Sarai
Muchos de los temas relacionados con el engaño espiritual, la dependencia de Dios y el discernimiento bíblico los desarrollo con más profundidad en las series Libertad en Cristo y Discernimiento en Cristo, donde comparto enseñanzas que han sido fundamentales en mi caminar con el Señor.
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