Brujería y hechicería son dos palabras que muchas personas asocian con leyendas antiguas, folclore o prácticas inofensivas. Algo curioso, estético, incluso romántico. Velas, símbolos, rituales suaves, “energías positivas”… todo parece formar parte de un mundo alternativo que promete equilibrio, protección o bienestar sin aparentes consecuencias.
Yo misma me sentí atraída por ese universo cuando era adolescente. Lo que entonces se llamaba “magia blanca” se presentaba como algo bonito, controlable y supuestamente bueno. Creía que podía ayudarme, que no hacía daño a nadie y que, en el fondo, solo era una forma de cuidarme a mí misma. Durante un tiempo, todo pareció inocente.
Pero no lo era.
Sin darme cuenta, crucé un límite. Lo que comenzó como curiosidad y juego acabó convirtiéndose en una experiencia espiritual oscura, confusa y profundamente inquietante. No fue inmediato ni espectacular, sino progresivo: cambios en mis pensamientos, sensaciones difíciles de explicar, una oscuridad que no sabía de dónde venía, pero que estaba ahí. Con el tiempo comprendí que había abierto una puerta que no sabía cómo cerrar.
Escribo este artículo desde ese lugar: no desde el miedo ni el sensacionalismo, sino desde la experiencia y la necesidad de advertir. La brujería y la hechicería no son simples tradiciones culturales ni herramientas neutras de autoconocimiento. Aunque hoy se presenten con un lenguaje amable y moderno, implican una búsqueda de poder y guía espiritual fuera de un marco seguro y verdadero. Y eso, tarde o temprano, tiene consecuencias.
Orígenes y expansión mundial de la brujería y la hechicería
La brujería y la hechicería no son fenómenos recientes ni marginales. Han estado presentes en prácticamente todas las culturas desde los inicios de la humanidad. En Asia, África y América, millones de personas siguen recurriendo hoy a chamanes, curanderos o hechiceros que afirman comunicarse con fuerzas invisibles para sanar, proteger o dañar. A lo largo de los siglos se han repetido los mismos elementos: conjuros, pócimas, trances, amuletos y rituales destinados a influir en la realidad espiritual.
En el mundo occidental, estas prácticas no han desaparecido; simplemente se han transformado. Se presentan bajo nombres más atractivos y contemporáneos como Wicca, Nueva Era, espiritualidad energética o magia natural. El lenguaje ha cambiado, pero el fondo es el mismo. Se habla de “energías”, “intención”, “equilibrio” o “sanación”, evitando términos que generen rechazo. Así, muchas personas aceptan sin cuestionarlo lo que, en otras épocas, habrían identificado claramente como prácticas de ocultismo y paganismo.
Uno de los argumentos más repetidos es que existe una “magia buena” o “magia blanca”, supuestamente orientada al bienestar y al amor. Sin embargo, esta distinción no resiste un análisis profundo. Toda forma de brujería y hechicería implica acudir a una fuente de poder espiritual que no procede de Dios, aunque se presente como positiva o inofensiva. No es solo una cuestión cultural o simbólica, sino espiritual.
El lema frecuente entre practicantes —“si no hace daño, haz lo que quieras”— parte de una visión superficial de la realidad espiritual. El daño no siempre es inmediato ni visible. Muchas personas se adentran en estas prácticas convencidas de que están eligiendo libremente, cuando en realidad están abriendo la puerta a influencias que no comprenden ni controlan.
La Biblia describe esta dinámica con claridad cuando advierte que el mal no suele presentarse de forma grotesca, sino atractiva y engañosa. A lo largo de la historia, desde las civilizaciones antiguas hasta los primeros siglos del cristianismo, la hechicería ha sido una herramienta constante para desviar al ser humano de la verdad, imitando lo espiritual y mezclándolo con mentira. No es algo nuevo ni anecdótico, sino una estrategia antigua que se adapta a cada época.
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Lo que enseña la Biblia sobre brujería y hechicería
Cuando uno se acerca a la Biblia con honestidad, incluso sin compartir aún su fe, hay algo que resulta difícil de ignorar: su coherencia al tratar el tema del ocultismo. A lo largo de toda la Escritura, la brujería y la hechicería no aparecen como prácticas culturales neutras, sino como una advertencia constante. No desde el miedo, sino desde la protección.
En los textos más antiguos, Dios prohíbe expresamente a Su pueblo recurrir a la hechicería, la adivinación, los encantamientos o la consulta a los muertos, calificando estas prácticas como una abominación (Deuteronomio 18:10-12). El lenguaje es fuerte, sí, pero tiene un propósito claro: marcar un límite. No porque Dios tema perder control, sino porque conoce las consecuencias espirituales de buscar guía y poder fuera de Él.
Esta postura no cambia con el paso del tiempo. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo incluye la hechicería entre las llamadas “obras de la carne” (Gálatas 5:20), es decir, prácticas que esclavizan al ser humano en lugar de liberarlo. El libro del Apocalipsis va aún más lejos al describir cómo la brujería se convierte en una herramienta de engaño a gran escala, capaz de confundir a naciones enteras (Apocalipsis 18:23). No se trata de superstición, sino de una advertencia espiritual con una sorprendente vigencia.
Desde la perspectiva bíblica, el problema no está en el ritual en sí, ni en los objetos, ni siquiera en la intención subjetiva de quien los practica. El conflicto es más profundo: la fuente. La Escritura no reconoce una espiritualidad neutral. O el ser humano se relaciona con Dios, o se expone a influencias que no proceden de Él. Por eso no existe una “magia buena” aceptable dentro del marco bíblico.
Santiago describe este tipo de espiritualidad como una sabiduría “terrenal, animal y diabólica” (Santiago 3:15), no para insultar, sino para desenmascarar su origen. Frente a ello, la fe cristiana no propone rituales alternativos ni fórmulas de protección, sino una relación basada en confianza y verdad. La Biblia afirma que quien se refugia en Dios no necesita temer a fuerzas ocultas, porque hay un poder mayor que no compite en el mismo plano.
Esta convicción atraviesa todo el mensaje cristiano: ninguna fuerza espiritual tiene la última palabra sobre quien está bajo el cuidado de Dios. No porque el mal no exista, sino porque no es soberano.
Discernimiento espiritual: cómo reconocer la trampa
La Biblia insiste una y otra vez en la importancia de la vigilancia espiritual. No desde la paranoia, sino desde la sobriedad. El apóstol Pedro advierte que el adversario actúa de forma activa y constante, buscando a quién engañar y devorar (1 Pedro 5:8). Esta imagen no pretende generar miedo, sino despertar conciencia: el mal no es pasivo ni improvisado, y por eso el discernimiento es necesario.
Jesús dejó claro que la autoridad espiritual no se obtiene a través de fórmulas, rituales o conocimientos ocultos. Cuando habló de autoridad sobre las fuerzas del enemigo, la vinculó siempre a una relación con Dios y a la obra del Espíritu Santo, no a técnicas humanas (Lucas 10:19). Este punto es clave, especialmente en un contexto donde muchas prácticas espirituales prometen poder, protección o sanidad a cambio de ciertos actos o aprendizajes.
El Nuevo Testamento también advierte que no toda espiritualidad es verdadera. Pablo señala que en los últimos tiempos muchos escucharían enseñanzas que no proceden de Dios, aunque se presenten con apariencia de verdad y bienestar (1 Timoteo 4:1). El engaño rara vez se muestra como algo claramente destructivo desde el inicio; suele ofrecer respuestas rápidas a necesidades reales.
La brujería y la hechicería suelen entrar por ahí: prometen sanar heridas, atraer amor, prosperar o recuperar el control sobre la vida. Son promesas muy humanas. El problema es que el precio no se percibe al principio. Detrás de esa aparente ayuda, lo que hay es dependencia espiritual y pérdida de libertad. No se trata solo de una creencia errónea, sino de una esclavitud progresiva.
Puedo decirlo también desde mi experiencia personal. Lo que comenzó como una búsqueda de bienestar y equilibrio terminó generando ansiedad, confusión y una sensación constante de oscuridad interior, sin hablar de el empeoramiento de todas las areas de mi vida. No ocurrió de un día para otro, ni de forma evidente, pero el resultado fue claro: lejos de traer paz, me dejó más rota.
La Biblia enseña que no existe un poder espiritual autónomo o neutral. Toda fuente espiritual tiene un origen. Por eso afirma que la verdadera libertad no se encuentra en técnicas, rituales ni mediadores ocultos, sino en Dios mismo. Solo Él, por medio de Jesucristo, libera sin esclavizar. Fuera de esa verdad, cualquier otra espiritualidad termina siendo un engaño, aunque al principio parezca una solución.
¿Puede un cristiano ser víctima de brujería?
La Biblia es clara en este punto: quien pertenece a Cristo no puede ser poseído por un demonio. El Espíritu Santo no comparte morada con espíritus malignos. Cuando una persona es regenerada, pasa a ser propiedad de Dios, y esa pertenencia es real y efectiva, no simbólica. No hay coexistencia posible entre la luz y las tinieblas.
Esto se refleja de forma práctica en el libro de los Hechos, cuando Pablo, lleno del Espíritu Santo, confronta al mago Elimas y demuestra que ninguna hechicería puede resistir la autoridad que proviene de Dios (Hechos 13). La autoridad espiritual no nace del carácter fuerte ni de rituales defensivos, sino de la presencia del Espíritu Santo en el creyente.
Ahora bien, que un cristiano no pueda ser poseído no significa que el enemigo no intente engañar, intimidar o influir externamente. Por eso la Escritura exhorta: «No deis lugar al diablo» (Efesios 4:27). El enemigo no entra por la fuerza, sino a través de puertas que el propio creyente abre: pecado persistente, desobediencia consciente, superstición o coqueteo con prácticas contrarias a la Palabra de Dios.
Los hechiceros pueden intentar manipular mediante el miedo, pero no tienen poder real sobre quien está en Cristo. El diablo opera muchas veces más por sugestión que por autoridad. El temor a maldiciones, rituales o “ataques” suele ser fruto de una comprensión deficiente de la seguridad que el creyente tiene en Dios.
La protección del cristiano no descansa en fórmulas, objetos ni rituales humanos, sino en una vida de obediencia, sobriedad y confianza en el Señor. Vivir en santidad no es una técnica de defensa espiritual, sino la consecuencia natural de haber sido apartado para Dios. Donde el Espíritu Santo habita, no hay espacio para posesión demoníaca.
Más adelante profundizaré en este tema con un artículo específico, abordando con calma y fundamento bíblico cuestiones frecuentes sobre la guerra espiritual y el verdadero alcance del poder del creyente en Cristo.
Prácticas y supersticiones contrarias a la Biblia
En la cultura occidental abundan costumbres que se practican por tradición, costumbre familiar o simple curiosidad, sin que muchas personas se planteen su origen o su implicación espiritual. Algunas se perciben como juegos, otras como protección simbólica, y otras como formas “alternativas” de orientación o sanación. Sin embargo, la Biblia es clara al respecto: confiar en objetos, rituales, fuerzas invisibles o personas que dicen tener acceso a lo oculto es una forma de idolatría, porque desplaza la confianza que solo corresponde a Dios.
No se trata de demonizar costumbres culturales sin más, sino de discernir qué hay detrás de ellas y a quién se está dando autoridad espiritual. A continuación expongo algunas de las prácticas más comunes y por qué contradicen la fe cristiana.
- Horóscopos y astrología: La astrología tiene su origen en antiguas culturas como la babilónica, donde se creía que los astros determinaban el destino humano. La Biblia ridiculiza esta práctica al mostrar la incapacidad de los astrólogos para salvar o guiar verdaderamente (Isaías 47:13), y prohíbe expresamente la adivinación (Deuteronomio 18:10-11). Buscar dirección en los signos del zodiaco no es algo neutro: implica atribuir a la creación un poder que solo pertenece al Creador (Deuteronomio 4:19). El creyente es llamado a buscar guía en Dios, no en el cielo creado.
- Tarot y adivinación: El tarot, aunque hoy se presente como una herramienta psicológica o simbólica, nació como una práctica esotérica orientada a conocer el futuro o interpretar lo oculto. La Biblia no hace distinciones entre métodos “suaves” o “tradicionales”: toda forma de adivinación es rechazada ( Deuteronomio 18:9-12; Levítico 19:26). En Hechos 16:16-18 se muestra claramente que detrás de la adivinación operaba un espíritu que esclavizaba, hasta que fue expulsado en el nombre de Jesús. La Escritura no presenta estas prácticas como inofensivas, sino como engaños espirituales.
- Limpias energéticas y curanderismo: Las llamadas “limpias”, ya sea con hierbas, huevos, sahumerios o rituales similares, suelen mezclar creencias indígenas, espiritismo y religiosidad popular. Aunque se presenten como sanación natural o tradición cultural, atribuyen poder purificador a elementos o rituales, algo que la Biblia rechaza. Colosenses 2:8 advierte contra las tradiciones humanas que no proceden de Cristo. La verdadera limpieza espiritual no se obtiene mediante rituales externos, sino a través de la obra de Dios en la persona (Juan 15:3).
- Amuletos y objetos de suerte: Herraduras, pulseras, medallas, “ojos turcos” u otros objetos usados para atraer protección o buena suerte son expresiones de superstición. Aunque muchas personas los lleven “por si acaso”, el fondo es el mismo: confiar en un objeto material para obtener seguridad. La Biblia prohíbe fabricar imágenes para depositar en ellas confianza o reverencia (Deuteronomio 5:8-9) y enseña que la protección del creyente no depende de talismanes, sino de la providencia de Dios (Salmos 121:3).
- “Mal de ojo”: La creencia en el “mal de ojo” atribuye a una mirada humana la capacidad de causar daño espiritual o físico. La Biblia no reconoce esta idea. Temer el “mal de ojo” es, en el fondo, temer fuerzas invisibles más que a Dios. La Escritura enseña que es el Señor quien guarda y cuida a los suyos (Salmo 33:18-19), no rituales de protección contra supuestas miradas dañinas.
- Halloween: Halloween tiene su origen en festividades paganas como el Samhain celta, relacionadas con la muerte y el mundo espiritual. Aunque hoy se disfrace de entretenimiento o tradición infantil, su simbología sigue exaltando la oscuridad, lo macabro y lo oculto. La Biblia exhorta a no participar en las obras de las tinieblas, sino a denunciarlas con la luz (Efesios 5:11), y advierte contra la mezcla entre lo santo y lo profano (1 Corintios 10:21). El llamado del creyente es claro: vivir como luz, no como espectador de la oscuridad.
- Médiums y espiritismo: Consultar a los muertos mediante médiums, ouijas o sesiones espiritistas es una práctica expresamente condenada en la Escritura (Deuteronomio 18:10-11). La Biblia enseña que tras la muerte viene el juicio (Hebreos 9:27) y que no existe comunicación entre vivos y muertos. Las entidades que se presentan como difuntos no son personas fallecidas, sino espíritus engañadores que imitan voces y recuerdos para confundir.
- Otras supersticiones: Romper espejos, evitar gatos negros, no pasar bajo escaleras o repetir gestos “de suerte” son supersticiones sin poder real. Aunque parezcan triviales, reflejan una mentalidad basada en el miedo y en la casualidad, no en la confianza en Dios. Colosenses 2:8 exhorta a no dejarnos cautivar por filosofías vanas. La fe en Cristo libera del temor constante y de la necesidad de controlar lo incontrolable mediante supersticiones.
Costumbres religiosas contrarias a la Biblia
No todas las prácticas religiosas conducen necesariamente a Dios. A lo largo de los siglos, muchas tradiciones se han incorporado al cristianismo cultural sin un fundamento bíblico sólido. Algunas se transmiten por costumbre familiar, identidad cultural o devoción sincera, pero eso no las convierte automáticamente en verdaderas. La Biblia llama constantemente a examinar la fe a la luz de la Palabra, no de la tradición.
Entre estas prácticas se encuentran algunas muy extendidas dentro del catolicismo popular, como rezar a los difuntos, venerar imágenes o usar objetos religiosos como si tuvieran poder en sí mismos. Aunque se presenten como actos de fe, la Escritura es clara al afirmar que solo hay un mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo (1 Timoteo 2:5). Ningún santo, imagen o difunto puede ocupar ese lugar sin usurpar una función que pertenece exclusivamente a Cristo.
Orar a los muertos, pedir favores a santos o confiar en imágenes implica desviar la adoración y la confianza hacia intermediarios que la Biblia nunca autoriza. Dios prohíbe expresamente inclinarse ante imágenes o atribuirles poder espiritual (Deuteronomio 5:8-9). La fe bíblica no se apoya en representaciones visibles, sino en una relación viva con el Dios invisible.
El Evangelio también confronta la idea de que la salvación pueda obtenerse o mantenerse mediante ritos religiosos. La Biblia enseña que la salvación es un regalo de gracia, recibido por la fe en Cristo, no el resultado de prácticas repetidas ni de méritos acumulados. Cuando los objetos religiosos o los rituales sustituyen esa confianza, dejan de ser ayudas y se convierten en obstáculos.
Lo mismo ocurre con doctrinas como el purgatorio y las misas por los difuntos. Aunque están profundamente arraigadas en la tradición católica, no tienen respaldo en la Escritura. La Biblia afirma que después de la muerte viene el juicio (Hebreos 9:27), sin mencionar estados intermedios de purificación. Además, se exhorta a orar por los vivos mientras hay oportunidad (1 Timoteo 2:1-4), porque el tiempo para responder al llamado de Dios es ahora (2 Corintios 6:2).
El mensaje del Evangelio es claro y, al mismo tiempo, profundamente liberador: no necesitamos intermediarios humanos, rituales acumulativos ni prácticas heredadas para acercarnos a Dios. En Jesucristo, Dios mismo salió al encuentro del ser humano. Él es suficiente.
La verdadera libertad está en Cristo
Después de recorrer todas estas prácticas, el mensaje que atraviesa la Biblia es coherente y claro: solo Dios conoce el futuro y tiene autoridad real sobre el mundo espiritual (Isaías 46:9-10). Todo intento de buscar seguridad, dirección o poder fuera de Él termina siendo una desviación, aunque se presente como algo inocente, cultural o bienintencionado. Confiar en fuerzas ocultas, rituales o amuletos no añade protección ni sabiduría; al contrario, aparta del corazón del Evangelio.
La buena noticia es que la gracia de Dios no se limita a señalar el error. Cristo ofrece perdón, restauración y libertad verdadera a todo aquel que se arrepiente y vuelve su corazón a Él. No importa cuánto tiempo se haya caminado por senderos equivocados ni cuántas puertas se hayan abierto: ninguna es más fuerte que la obra de Jesús. Quien abandona la brujería, la hechicería y toda espiritualidad ajena a Dios, y se vuelve a Él con sinceridad, encuentra algo que ninguna práctica oculta puede dar: paz real y libertad interior.
Jesús lo expresó con palabras sencillas y profundas: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). No una verdad cambiante ni simbólica, sino una verdad viva, que confronta, sana y transforma.
Si en algún momento de tu vida tuviste contacto con estas prácticas, mi exhortación es clara y nacida también de mi propia experiencia: cierra esas puertas. No valen la pena. No traen luz, aunque lo prometan. Busca al verdadero Salvador. Ora con sencillez, acércate a la Biblia y permite que Dios muestre quién es realmente. En Cristo hay una luz que no engaña, no esclaviza y no se apaga.
Con cariño,
❥ Sarai
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