Canalización espiritual: 7 advertencias bíblicas y una salida real en Cristo

Canalización espiritual: 7 advertencias bíblicas y una salida real en Cristo

La canalización espiritual seduce porque promete luz, guía y consuelo inmediato. Habla de conexión, de propósito, de mensajes personalizados que parecen responder justo a lo que uno necesita oír. Durante mucho tiempo, yo también lo vi como una forma auténtica de espiritualidad.

Crecí rodeada de ese ambiente: cartas astrales, “maestros” de luz, reiki, sesiones de canalización y discursos cargados de amor y buenas intenciones. Todo sonaba elevado, profundo, incluso sanador. No parecía algo oscuro ni peligroso, sino todo lo contrario: algo que supuestamente ayudaba a crecer, a entenderse y a encontrar paz.

Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a notar que, aunque las palabras eran bonitas, algo no terminaba de encajar. Las mismas ideas se repetían una y otra vez, las respuestas nunca llegaban al fondo del problema y la sensación de claridad duraba poco. Había consuelo momentáneo, pero no descanso real. Había mensajes, pero no una verdad que sostuviera la vida cuando todo se tambaleaba.

Escribo esto desde la experiencia, no desde la distancia ni desde el desprecio. No para dar un sermón frío, sino para hablar con honestidad y con cariño. Si alguna vez la canalización espiritual te ha atraído —o si aún te atrae— creo que merece la pena mirarla con calma, entender de dónde viene, cómo funciona y qué efectos reales tiene. A veces, lo que más se parece a la luz es precisamente lo que más necesita ser examinado.

¿Qué es la canalización espiritual?

La canalización espiritual es una práctica en la que una persona afirma recibir mensajes de entidades no físicas: “guías”, “maestros ascendidos”, seres de luz, conciencias superiores, ángeles reinterpretados o incluso personas fallecidas. Estos mensajes pueden llegar de distintas formas: estados de trance, escritura automática, visualizaciones, sensaciones corporales, clarividencia o sesiones individuales y grupales donde el canalizador actúa como intermediario.

Lo que casi nunca se explica es que la canalización espiritual no se presenta como algo extraño ni inquietante. Al contrario: suele envolverse en un lenguaje amable, terapéutico y aparentemente liberador. Las frases se repiten con pequeñas variaciones: “todo está bien”, “eres luz”, “no hay error”, “no te juzgues”, “todo es amor”, “la verdad está dentro de ti”. Son mensajes que alivian, que bajan la ansiedad y que hacen sentir a la persona vista y validada.

Y ahí está gran parte de su atractivo.

La canalización espiritual suele aparecer en momentos de búsqueda, dolor, confusión o vacío interior. No llega cuando todo está en orden, sino cuando uno necesita respuestas, consuelo o dirección. Ofrece algo muy seductor: respuestas rápidas, personalizadas y sin confrontación. No exige cambio profundo, ni asumir responsabilidad, ni enfrentarse a lo que duele. Solo escuchar, recibir y confiar.

Desde dentro, la experiencia puede sentirse intensa y real. No es raro experimentar calma, emoción, incluso lágrimas o sensación de “verdad interior”. Yo misma viví ese tipo de momentos y sé que no son fingidos. El problema no es que se sientan falsos, sino que lo que reconforta no siempre transforma, y lo que calma momentáneamente no siempre sana en profundidad.

Con el tiempo, empecé a notar algo inquietante: los mensajes eran distintos en la forma, pero muy parecidos en el fondo. Siempre afirmaban, siempre validaban, siempre evitaban cualquier confrontación real con el interior humano. Todo parecía luz, pero no había espacio para reconocer la culpa, el autoengaño o las decisiones que nos rompen por dentro. La experiencia prometía expansión, pero no producía cambio real.

La canalización espiritual engancha precisamente por eso: porque ofrece consuelo sin verdad, alivio sin raíz y sentido sin una base firme. Suena reconfortante porque evita aquello que incomoda, pero también porque responde a una necesidad humana legítima: la de encontrar significado, dirección y paz. La pregunta importante no es si consuela, sino qué tipo de luz es esa y a dónde conduce a largo plazo.

Mensajes que se repiten una y otra vez (y por qué conviene examinarlos)

Con el tiempo, empecé a notar que, aunque los canalizadores, guías o supuestas entidades cambiaban de nombre, los mensajes eran sorprendentemente parecidos. Podían variar las palabras, el tono o la estética espiritual, pero el contenido de fondo se repetía casi como un guion.

Uno de los mensajes más frecuentes es la idea de que el ser humano es divino en sí mismo. A veces se expresa de forma directa (“eres un dios”, “eres una diosa”), y otras de manera más suave (“tu conciencia es divina”, “no hay separación entre tú y lo absoluto”). En apariencia suena empoderador, pero también desplaza cualquier referencia a algo superior a uno mismo. Si todo lo divino está dentro de mí, ya no hay nadie por encima de mí, ni nadie a quien rendir cuentas.

Otro mensaje recurrente es que no existe el pecado, el error real o la culpa objetiva, solo “aprendizajes” o “experiencias necesarias”. Esto alivia mucho, porque elimina la vergüenza y la responsabilidad. Pero también deja sin respuesta una pregunta incómoda: ¿qué hacemos entonces con el daño real que causamos —a otros y a nosotros mismos— cuando elegimos mal? Si todo está bien y nada necesita ser corregido, ¿por qué seguimos rotos por dentro?

También se repite constantemente la idea de que la verdad está dentro de uno mismo. Que basta con escuchar la intuición, el sentir o la “voz interior”. El problema es que ese criterio cambia según el día, el estado emocional o la herida que esté activa. Yo misma comprobé que aquello que un día sentía como “verdad” al siguiente me llevaba a más confusión. Mirarse solo hacia dentro, sin un punto de referencia externo, termina siendo un laberinto.

Por último, cuando aparece la figura de Jesús, suele hacerlo rebajada y diluida: un maestro espiritual más, un iluminado, un ejemplo de conciencia elevada. Se le admira, pero se le vacía de singularidad. Así encaja sin problemas en el discurso… pero deja de incomodar. Y cuando Jesús no incomoda, algo esencial se ha perdido.

Lo llamativo de todos estos mensajes es que siempre validan, pero nunca confrontan. Siempre elevan la autoestima, pero nunca tocan el problema de fondo. Siempre prometen luz, pero evitan cualquier diagnóstico profundo del corazón humano. Al principio eso resulta liberador; a largo plazo, deja una sensación extraña de estancamiento.

No es que estos mensajes suenen mal. Es que, después de un tiempo, empiezan a sonar demasiado bien, demasiado fáciles, demasiado incapaces de explicar por qué, pese a tanta “luz”, seguimos arrastrando las mismas heridas.

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Raíces históricas y entramado de la canalización espiritual

Aunque hoy se presente como una experiencia íntima, intuitiva y casi natural, la canalización espiritual no surge de la nada ni es un fenómeno aislado. Tiene una historia concreta, relativamente reciente, y un entramado bien definido que ha ido adaptándose al lenguaje de cada época.

El auge moderno comienza en el siglo XIX con el espiritismo. En 1848, el caso de las hermanas Fox en Estados Unidos —famosas por las llamadas “mesas parlantes” y los supuestos golpes de espíritus— despertó un enorme interés por la comunicación con el más allá. Aquello no se vivió como algo oscuro, sino como un avance espiritual y cultural. Muy pronto, médiums, sesiones públicas y mensajes de “los muertos” se normalizaron en salones, teatros y círculos intelectuales.

Pocos años después, Allan Kardec sistematizó estas prácticas en obras como El libro de los Espíritus (1857), dando al espiritismo una apariencia de doctrina coherente y casi científica. Ya no se trataba solo de experiencias sueltas, sino de un marco espiritual completo: evolución del alma, reencarnación, jerarquías invisibles y comunicación constante con entidades no físicas. Muchas de las ideas que hoy circulan en la canalización espiritual ya estaban ahí, aunque con otro vocabulario.

A finales del siglo XIX, la teosofía de Helena P. Blavatsky dio un paso más. Con la fundación de la Sociedad Teosófica (1875) y obras como La Doctrina Secreta (1888), se introdujo la idea de “maestros ascendidos”, sabiduría oculta reservada a iniciados y una visión espiritual sincretista que mezclaba religiones, misticismo oriental y esoterismo occidental. Este pensamiento fue una de las bases principales de lo que hoy se conoce como Nueva Era.

Con el paso del tiempo, el lenguaje se suavizó. Lo que antes se llamaba espiritismo o teosofía empezó a presentarse como “expansión de conciencia”, “despertar espiritual”, “sanación energética” o “mensajes de luz”. Las figuras cambiaron de nombre, pero el esquema se mantuvo: entidades superiores que transmiten conocimiento, personas sensibles que actúan como canal, y un mensaje que promete evolución sin confrontación.

Entender este recorrido histórico ayuda a ver algo importante: la canalización espiritual no es una experiencia neutra ni meramente personal. Forma parte de un sistema espiritual con raíces claras, con ideas que se repiten desde hace más de un siglo y que han sabido adaptarse para resultar aceptables, atractivas y actuales. Cuando se conoce su origen, resulta más fácil preguntarse si realmente estamos ante una fuente nueva de verdad… o ante un discurso antiguo reciclado con palabras modernas.

Técnicas que inducen estados alterados y “abren puertas”

La canalización espiritual no ocurre en el vacío. Para que una persona pueda “recibir mensajes”, entrar en trance o sentir que una entidad se expresa a través de ella, suelen utilizarse técnicas concretas que alteran el estado normal de conciencia. Muchas de ellas se presentan como prácticas inofensivas de relajación o meditación, pero tienen efectos profundos en la mente y en la percepción.

Una de las más comunes es la privación del sueño combinada con exigencias físicas o emocionales. Horas prolongadas de vigilia, ayunos extremos, retiros intensos, cantos repetitivos o movimientos rítmicos continuos van reduciendo las defensas conscientes de la persona. El cansancio físico y mental facilita la sugestión y disminuye la capacidad crítica. En ese estado, la experiencia se vuelve más intensa y la mente más permeable.

También se utilizan respiraciones forzadas o prolongadas, a veces presentadas como técnicas de “sanación” o “liberación emocional”. Patrones de hiperventilación o respiración rítmica sostenida pueden provocar mareo, sensación de desconexión del cuerpo, visiones, emociones desbordadas o estados de euforia. La persona interpreta estas reacciones como señales espirituales, cuando en realidad está atravesando un estado alterado inducido.

El trance es otro elemento central. Puede ser ligero —una sensación de concentración profunda— o más intenso, hasta el punto de que la persona siente que “cede el control”. En algunos casos se habla abiertamente de permitir que una entidad se exprese a través del cuerpo o la voz. Desde dentro, esto se vive como algo voluntario y positivo, incluso como un acto de confianza. Pero implica renunciar, aunque sea parcialmente, al propio dominio y discernimiento.

La escritura automática funciona de manera similar. El canalizador “deja fluir” el mensaje sin dirigir conscientemente la mano, convencido de que no es él quien escribe. Esto refuerza la idea de que la información viene de fuera y no puede ser cuestionada, porque no pasa por el pensamiento crítico ni por la voluntad consciente.

Quienes practican estas técnicas suelen describirlas como místicas, sanadoras o “de luz”. Y es cierto que muchas personas experimentan sensaciones intensas, alivio emocional o momentos de calma. El problema no está en que se sientan reales, sino en que la intensidad de una experiencia no garantiza su origen ni su seguridad. No todo lo que produce paz momentánea es bueno, ni todo lo que se presenta como luz conduce a un lugar sano.

Con el tiempo, comprendí que estas prácticas no son neutras. Alteran la conciencia, debilitan el criterio personal y acostumbran a la persona a recibir “dirección” desde fuera, sin cuestionarla. Cuando uno se acostumbra a bajar la guardia interior para escuchar voces, sensaciones o impulsos que no controla, deja de estar verdaderamente presente y responsable de sí mismo. Y ahí es donde empiezan los problemas, aunque al principio todo parezca bonito.

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“Canalización de ángeles” y angelología alternativa

Una de las formas más aceptadas y normalizadas de la canalización espiritual es la llamada canalización de ángeles. Se presenta como una espiritualidad “blanca”, segura y amorosa, muy distinta del espiritismo clásico o de prácticas más explícitamente oscuras. Cursos, meditaciones guiadas, cartas angelicales, rituales suaves y escritura automática de “mensajes” prometen protección, consuelo y dirección sin riesgos aparentes.

El atractivo está claro: los ángeles no generan rechazo. Culturalmente se asocian con ayuda, pureza y cuidado. Muchas personas que nunca se acercarían a una médium o a una sesión espiritista aceptan sin problema recibir mensajes “angelicales”, orarles o pedirles guía personal. Todo parece limpio, elevado y bienintencionado.

Sin embargo, cuando se observa con atención, el mecanismo es exactamente el mismo que en cualquier otra forma de canalización. Se busca guía espiritual fuera de Dios, se aprende a escuchar voces o impulsos que no pasan por el discernimiento ni por la Palabra, y se atribuye autoridad a mensajes que no pueden ser contrastados. El nombre cambia, pero la estructura es idéntica: una entidad invisible transmite información y la persona la recibe sin cuestionarla.

Aquí es donde la Biblia nos ayuda a ir más al fondo. La Escritura advierte que no todo ser espiritual que se presenta como luz procede de Dios. Existen espíritus engañadores que imitan lo bueno, lo puro y lo elevado para desviar del único camino verdadero. El apóstol Pablo lo dice con claridad: “el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14). No se presenta como enemigo declarado, sino como ayuda espiritual alternativa.

Otro elemento revelador es que estos mensajes “angelicales” nunca corrigen ni confrontan. Siempre animan, siempre validan, siempre confirman lo que la persona ya desea oír. No llaman al arrepentimiento, no señalan el pecado, no hablan de responsabilidad delante de Dios. Funcionan como un acompañamiento emocional constante que refuerza la dependencia: cuanto más se consulta, más se necesita consultar. Ese patrón no es inocente; es una forma de sujeción espiritual.

Desde dentro, todo esto se vive como algo bonito y reconfortante. Yo misma lo vi así durante un tiempo, porque el entorno lo normaliza y lo presenta como seguro. Pero con los años empecé a hacerme una pregunta incómoda:
si estos mensajes vienen de seres supuestamente buenos y elevados, ¿por qué nunca conducen a una verdad más profunda sobre el ser humano? ¿Por qué nunca explican el origen real del mal interior, del egoísmo, del pecado que repetimos incluso cuando no queremos hacerlo?

Además, esta práctica termina desplazando algo esencial: la relación directa con Dios. Poco a poco, la persona deja de buscar a Dios y empieza a buscar intermediarios, voces alternativas, guías personalizados. Y eso no es casual. El enemigo no necesita negar a Dios; le basta con reemplazarlo. Una espiritualidad con ángeles, mensajes y “luz”, pero sin Cristo, es exactamente el tipo de engaño que la Biblia denuncia.

Ahí es donde la llamada “canalización de ángeles” deja de ser inocente. No porque hable de ángeles, sino porque abre la puerta al engaño espiritual, cede el discernimiento y acepta como luz lo que en realidad aparta del Dios verdadero. En muchos casos, no es más que canalización espiritual con otro nombre, más suave, más aceptable… y precisamente por eso, más peligrosa.

Un episodio que nos pone en guardia: Saúl y la adivina

La Biblia no habla del contacto con espíritus como algo abstracto o simbólico. Lo muestra a través de historias concretas, con personas reales, decisiones reales y consecuencias reales. Una de las más claras es la del rey Saúl y la adivina de Endor, narrada en el primer libro de Samuel, capítulo 28.

Saúl no era un hombre ignorante ni ajeno a Dios. Había sido escogido como rey y conocía bien lo que estaba permitido y lo que no. De hecho, él mismo había expulsado a los adivinos y médiums del país. Sin embargo, cuando se vio acorralado, sin dirección, con miedo al futuro y sintiendo que Dios guardaba silencio, tomó una decisión desesperada: buscar respuestas donde sabía que no debía.

La Enciclopedia de las Bellas Artes - Pintura, Obras de arte de Benjamin West - Saul y la Bruja de Endor
La Enciclopedia de las Bellas Artes – Pintura, Obras de arte de Benjamin West – Saul y la Bruja de Endor

Acudió de noche, disfrazado, a una mujer que practicaba la adivinación y le pidió que invocara al profeta Samuel, ya fallecido. No fue un gesto de curiosidad espiritual, sino de angustia. Saúl necesitaba una palabra, una señal, una salida inmediata. Exactamente el mismo terreno emocional donde hoy prospera la canalización espiritual.

El relato es inquietante por varias razones. Saúl obtiene un mensaje, sí, pero no recibe consuelo, ni esperanza, ni luz. Lo que recibe es confirmación de su ruina. El encuentro no le acerca a la vida ni le devuelve el rumbo; lo hunde aún más. La historia termina con un rey derrotado, aislado y sin futuro.

Más adelante, la propia Biblia interpreta este episodio con claridad: Saúl murió, entre otras cosas, por haber consultado a una adivina en lugar de buscar a Dios (Primer libro de Crónicas 10:13–14). No se presenta como un error menor ni como una práctica neutral, sino como una traición espiritual nacida de la desesperación.

Este relato pone algo muy importante sobre la mesa: buscar respuestas espirituales fuera de Dios no es inofensivo, aunque el motivo sea el dolor, el miedo o la necesidad. Saúl no fue castigado por querer saber, sino por acudir a una fuente que no podía darle vida. Consultar espíritus no le trajo claridad; le trajo juicio. No lo levantó; lo terminó de quebrar.

Cuando uno une esta historia con todo lo que hemos visto antes —mensajes reconfortantes, guías alternativos, voces que prometen dirección sin confrontación— empieza a entender por qué la Biblia es tan firme en este punto. No porque Dios quiera negar consuelo, sino porque hay caminos espirituales que prometen luz y terminan llevando a la oscuridad, aunque al principio no lo parezca.

7 advertencias bíblicas y prácticas sobre la canalización espiritual

  1. Dependencia emocional. La sensación es adictiva; uno vuelve por más “mensajes”.
  2. Desorientación moral. Si “no hay pecado”, no hay arrepentimiento ni cruz.
  3. Manipulación. Vi a personas usar la canalización espiritual para controlar a otras; mi familia lo sufrió.
  4. Opresión espiritual. En conferencias sentí una carga que reconozco hoy como opresión; no era paz (Efesios 6:12).
  5. Puertas abiertas. “No deis lugar al diablo” (Efesios 4:27). Estas prácticas se lo dan.
  6. Confusión doctrinal. La mezcla “Cristo + revelaciones privadas” termina en “otro evangelio” (Gálatas 1:8).
  7. Desprecio de la Escritura. Si la Biblia queda en segundo plano, la brújula se rompe (2 Timoteo 3:16).

Revelación auténtica: Cristo y la Escritura bastan

Después de haber pasado por mensajes, guías, intuiciones y supuestas revelaciones, uno acaba con la sensación de que siempre falta algo. Siempre hay que escuchar un mensaje más, consultar otra señal, afinar la intuición, subir un nivel de conciencia. La canalización espiritual promete “más luz”, pero nunca llega el momento en que esa luz sea suficiente.

La Biblia plantea algo radicalmente distinto: que Dios ya ha hablado, y que no lo ha hecho a medias. No propone una búsqueda interminable, sino una revelación completa y suficiente. Afirma que Dios se dio a conocer de manera clara, histórica y personal, y que lo hizo plenamente en Jesucristo. No como una voz más, ni como un maestro entre otros, sino como la revelación definitiva de quién es Dios y de quién es el ser humano delante de Él.

Fue aquí donde, en mi propia historia, todo empezó a encajar. Yo estaba acostumbrada a buscar mensajes personalizados, señales interiores y confirmaciones constantes. Pero cuando dejé de perseguir “revelaciones” y me senté, sencillamente, a leer la Biblia, algo cambió. No sentí euforia ni experiencias espectaculares. Sentí algo mucho más profundo: orden. Por primera vez, la verdad no dependía de cómo me sentía ese día, ni de si estaba “conectada” o no.

La Escritura no me habló como una voz caprichosa, sino como una luz estable. Me mostró el problema real del corazón humano, sin maquillarlo, pero también la respuesta real de Dios, sin ambigüedades. No necesitaba intermediarios invisibles ni mensajes paralelos, porque todo lo esencial ya estaba ahí. Como afirma la propia Biblia, Toda la Escritura es inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16). No es una colección de intuiciones espirituales, sino una revelación coherente que se explica a sí misma.

Y en el centro de esa revelación no hay técnicas, ni prácticas, ni estados alterados de conciencia. Hay una Persona. Cristo no me ofreció mensajes para sentirirme bien, sino verdad para ser transformada. No me habló para halagar mi ego, sino para rescatarme de mi autoengaño. Y, paradójicamente, ahí encontré un descanso que nunca había experimentado antes.

La diferencia fue clara: el mundo de la canalización y los mensajes espirituales mantiene a las personas buscando sin descanso; Cristo, en cambio, me permitió reposar en una verdad firme. Frente a las “voces” que exigen atención constante, la Palabra permanecía estable incluso cuando yo estaba débil. Por primera vez entendí que la verdadera luz no es la que estimula, sino la que sostiene. Y esa luz no necesita añadidos, porque no se apaga.

¿Cómo discernir en la práctica?

Después de hablar de experiencias, mensajes y fuentes espirituales, surge una pregunta inevitable: ¿cómo saber si algo viene realmente de Dios o si es otro engaño bien presentado? La Biblia no nos deja a oscuras en esto. Ofrece criterios claros y, sobre todo, aplicables a la vida real.

El primero es confrontar todo con la Escritura. No con sensaciones, intuiciones o experiencias personales, sino con la Palabra de Dios. Cualquier mensaje que contradiga lo que la Biblia enseña sobre Dios, sobre el ser humano o sobre el pecado debe ser descartado, por muy espiritual o reconfortante que suene. Dios no se contradice ni habla hoy lo opuesto a lo que ya reveló. La Escritura actúa como un filtro: no valida lo que sentimos, sino que juzga si lo que sentimos es verdad.

El segundo criterio es mirar el fruto. No el impacto emocional inmediato, sino lo que produce a medio y largo plazo. ¿Ese mensaje genera humildad y arrepentimiento, o alimenta la autosuficiencia y la autojustificación? ¿Te acerca a reconocer tu necesidad de gracia, o te convence de que ya estás bien tal como estás? La verdadera obra de Dios no infla el ego ni evita el conflicto interior; lo confronta para sanar. Cuando algo solo valida, pero nunca corrige, conviene sospechar.

Y el tercero es no caminar en solitario. El discernimiento bíblico no es un ejercicio individualista. Dios nos diseñó para vivir la fe en comunidad. Pastores y hermanos maduros, arraigados en la Escritura, son un regalo de protección y acompañamiento. Cuando alguien rechaza toda corrección externa y solo acepta “lo que a mí me resuena”, suele ser una señal de alerta. La verdad no teme ser examinada en comunidad.

Durante mucho tiempo, yo confundí discernimiento con intuición personal. Hoy entiendo que discernir no es sentir más, sino someter lo que siento a la verdad. Y esa verdad no cambia según el momento emocional, la herida abierta o la necesidad del día. Dios no juega al escondite ni habla en acertijos privados. Él ha hablado con claridad, y nos llama a escucharle con humildad y obediencia.

Una palabra para quien se siente atraído (o viene de ahí)

Si vienes de ese mundo —como yo— o sientes curiosidad por la canalización espiritual, no te pido que finjas que no te atrae. Te pido algo más honesto: ponlo a la luz. No a la luz de la emoción del momento, ni de lo que “resuena”, sino a la luz de la Palabra de Dios.

Hazte preguntas sencillas, pero decisivas: ¿esto me acerca a Cristo o me aleja? ¿Me lleva a arrepentirme y a rendirme a Dios, o me mantiene girando alrededor de mí misma? ¿Me da un consuelo que dura un rato, o me lleva a una verdad que me sostiene incluso cuando duele?

Jesucristo no se presentó como un guía entre muchos, ni como una energía amable que se adapta a todos los caminos. Él habló con una claridad que no deja lugar a mezclas: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Evangelio según Juan 8:12). Y esa es una diferencia enorme: la luz verdadera no solo te calma; te rescata. No te deja en la misma rueda; te saca de ella. No te entretiene con mensajes; te conduce a una Persona viva.

Quiero decirte algo con cariño: no estás solo ni eres raro por haber sentido esa atracción. Muchos llegamos a ese mundo porque teníamos hambre de lo trascendente, porque buscábamos sentido, dirección, consuelo. Esa hambre es real. Pero el problema es dónde intentamos saciarla. La canalización promete “luz”, pero termina dejando a la persona más dependiente, más confundida o más vacía. Cristo, en cambio, no alimenta tu autosuficiencia: te da un fundamento. Y cuando te confronta, lo hace para sanarte, no para destruirte.

Por eso, vuelve a la Palabra con calma. No como quien busca frases sueltas, sino como quien quiere conocer la verdad. Ora pidiendo discernimiento. Acércate a creyentes maduros que te acompañen con paciencia y con Biblia, no con experiencias. La Escritura lo dice con fuerza: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Libro de Isaías 8:20).

Si quieres, puedes escribirme y contarme tu caso. Sé lo que es estar ahí y no entender por qué algo que parecía tan luminoso empieza a oler a confusión. Si te viene bien, te escucho y te acompaño paso a paso, volviendo siempre a la Escritura. La luz verdadera no falla, porque no depende de nosotros: depende de Cristo.

❥ Sarai

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