La tentación de ser como Dios no es una idea antigua guardada en un museo bíblico. Es un patrón humano que se repite con nombres modernos: “mi verdad”, “mi poder”, “mi destino”, “yo me basto”. Y lo peligroso es que suena bonito cuando lo escuchas por primera vez.
Yo crecí en un ambiente donde lo espiritual era algo “normal”, pero no necesariamente verdadero. Entre energías, señales, cartas astrales, rituales y esa necesidad de sentir que controlas algo, es fácil confundir intensidad con claridad. Y cuando estás herido, cuando te falta amor sano o te sobra ruido por dentro, cualquier cosa que te prometa identidad rápida se vuelve tentadora.
No escribo esto desde un pedestal. Lo escribo como alguien que ha visto lo que pasa cuando conviertes tu propio criterio en altar. Porque la tentación de ser como Dios no siempre llega con cuernos ni con túnica. A veces llega con una frase inspiradora en una taza.
La tentación de ser como Dios: el origen de una idea que no muere
Si quieres entender por qué este tema aparece una y otra vez, la Biblia no empieza hablando de “religiones comparadas”. Empieza contando una escena: una voz que ofrece independencia moral.
“Sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:5)
Fíjate en la promesa: no es solo “come esto”. Es “decide sin rendirte a nadie”. Es “sé tu propia autoridad”. Es “no necesitas límites”.
Y ahí está el nervio del asunto: la tentación de ser como Dios no es querer mejorar. Es querer mandar. Es querer tener la última palabra sobre lo bueno y lo malo, sobre lo correcto y lo incorrecto, sobre lo que “mereces”.
Esto explica por qué la misma idea reaparece en épocas distintas. “¿Qué ha sido? Lo mismo que será.” (Eclesiastés 1:9). Cambia el maquillaje. El corazón humano, no tanto.
De Babel a hoy: cuando “hagámonos un nombre” suena a progreso
Después del diluvio, aparece otra escena que parece “civilización” pero en realidad es adoración al yo.
“Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.” (Génesis 11:4)
La torre es el síntoma. La enfermedad es la frase: “hagámonos un nombre”. No quieren depender. No quieren rendirse. Quieren asegurarse el futuro a base de ladrillos, estrategia y orgullo.
La respuesta de Dios no es “miedo a los humanos”, como a veces se caricaturiza. Es freno a una soberbia que destruye y preservación de un plan mayor. Por eso confunde las lenguas: corta una unidad basada en rebelión.
Y sí, esto también tiene una lectura personal. Cada vez que yo intento construir identidad, seguridad o destino sin someter mis pasos a la verdad, pongo un ladrillo de Babel en mi vida. No hace falta una torre literal. Basta con vivir como si yo fuera el centro.
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Cómo se disfraza hoy: 5 señales que conviene vigilar
Ahora vamos a lo práctico. No para obsesionarnos, sino para vernos por dentro con honestidad. Estas señales no son para “señalar a otros”. Son para detectar el eco del Edén en nuestra época.

1) Autonomía moral: “mi verdad” como nueva religión
Cuando una persona dice “mi verdad” como si la verdad fuera un accesorio personal, normalmente está diciendo: “yo decido lo que está bien”.
Y eso la Biblia lo describe con una frase durísima, porque al final invierte todo:
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20)
¿Te das cuenta? No es solo “cada uno opina”. Es llamar “luz” a lo que te apaga, y “oscuridad” a lo que te corrige. Esa inversión se siente liberadora al principio, pero luego te deja sin brújula.
2) Espiritualidad sin rendición: mucha “luz” y poca obediencia
Esto es muy típico en ambientes de Nueva Era: experiencias intensas, mensajes “canalizados”, rituales, decretos, afirmaciones… pero nada que te baje el orgullo. Nada que te confronte de verdad.
Por eso, cuando Jesús habla del seguimiento real, no lo presenta como una estética. Lo presenta como un camino que rompe el ego:
“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” (Lucas 9:23)
Esto no encaja con una espiritualidad que gira alrededor de “yo manifiesto”, “yo atraigo”, “yo decreto”. Porque esa espiritualidad te pone en el trono. Y te acostumbra a que nadie te contradiga.
3) Obsesión por el nombre propio: marca personal por encima del carácter
No todo el mundo que cuida su imagen vive en idolatría. Pero hay una línea fina: cuando tu identidad depende del aplauso, ya no eres libre.
“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme…” (Jeremías 9:23–24)
Esto aterriza mucho. Porque el corazón humano puede convertir cualquier cosa en altar: talento, estética, sensualidad, éxito, reconocimiento… incluso “ser espiritual”.
4) Control y manipulación: técnicas para mover la realidad
Manifestación, ley de atracción, decretos, rituales para “abrir caminos”, limpias, señales constantes para decidir… Todo eso tiene un punto común: la ilusión de control.
En mi caso, durante años la espiritualidad no me hizo humilde. Me hizo vigilante. Me hizo interpretar todo como mensaje. Me hizo vivir con esa mezcla rara de orgullo (“yo entiendo cosas que otros no”) y ansiedad (“¿y si lo hago mal?”).
La Biblia lo aterriza así:
“El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos.” (Proverbios 16:9)
Hay descanso cuando aceptas que no eres el director del mundo. Que no tienes que manipular el futuro para estar a salvo. Que tu vida no depende de tus “técnicas” sino de una voluntad más alta que tú.
5) Evangelio utilitario: usar a Dios como herramienta
Esta señal es incómoda, pero necesaria. A veces la tentación se disfraza de lenguaje cristiano: “Dios me sirve para mis planes”. “Dios me ayuda a cumplir mis metas”.
Eso no es fe. Es instrumentalización. Y el Nuevo Testamento lo advierte con seriedad cuando alguien “cambia” el mensaje para hacerlo cómodo:
“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban…” (Gálatas 1:6–7)
Cuando Dios se vuelve un medio para tu fin, en el fondo vuelves a lo mismo: yo mando, yo marco la agenda, yo decido qué acepto y qué no. Es la tentación de ser como Dios, pero con vocabulario religioso.
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Idolatría moderna: símbolos bonitos, mensajes peligrosos

La idolatría ya no se presenta solo como estatuas. También vive en estética, narrativa y cultura. Logos, gestos, puestas en escena, discursos que elevan lo humano por encima de todo.
No se trata de demonizar el arte, ni de entrar en pánico. Se trata de discernir. De preguntarte con calma qué está formando tu corazón cuando consumes algo una y otra vez.
La Biblia explica que el problema no es solo “no creer”, sino el intercambio: cambiar al Creador por la criatura.
“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias… y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen… por lo cual Dios los entregó…” (Romanos 1:21–24)
Y también aclara algo importante: un ídolo puede ser “nada” en sí mismo, pero el acto de adoración esclaviza.
“Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo… para nosotros, sin embargo, solo hay un Dios, el Padre… y un Señor, Jesucristo…” (1 Corintios 8:4–6)
La pregunta práctica no es “¿esto es satánico o no?”. A veces esa pregunta es un atajo para no mirar lo de dentro. Una pregunta más útil sería: ¿esto alimenta mi ego? ¿me hace amar la verdad? ¿me empuja a obedecer? ¿me normaliza la rebelión?
Romper el ciclo: del “yo mando” al descanso de la verdad
Aquí es donde muchas personas se quedan atascadas: ven el engaño, pero no saben cómo vivir sin él. Porque el orgullo y el control no son solo ideas. Son muletas emocionales.
Yo he pasado por etapas de vacío, heridas antiguas, relaciones insanas y ese tipo de soledad que no se arregla con compañía. Y en ese contexto, la espiritualidad falsa se vuelve adictiva: te da identidad rápida, respuestas rápidas y una sensación de “yo puedo”.
Pero con el tiempo, te deja peor. Porque te hace girar alrededor de ti mismo. Y eso cansa. Mucho.
Lo que a mí me empezó a cambiar no fue encontrar “otra técnica”. Fue volver al texto. Leer la Biblia sin el filtro de prejuicios. Empezar por donde me dolía. En mi caso, los Salmos fueron un golpe de realidad: palabras honestas, crudas, limpias. Y una verdad insistente: yo no soy el centro.
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” (Juan 17:17)
Esto no es un lema bonito. Es una medicina. Porque si tu mente se llena de discursos del yo, necesitas una verdad que no nazca de tus emociones.
Y cuando esa verdad entra, pasa algo que la espiritualidad falsa no puede producir: te baja del trono sin destruirte. Te confronta, sí, pero también te ofrece descanso real.
“Jehová resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” (Santiago 4:6)
La gracia no se saborea en una torre. Se saborea a ras de suelo. Donde ya no tienes que fingir control. Donde puedes reconocer que te equivocaste. Donde puedes dejar de actuar como tu propio dios.
La respuesta que invierte el Edén: Dios no te pide que subas, te muestra que Él desciende
Este punto es clave. Porque el Edén te vende una escalera: “sube, toma, decide, manda”. Babel te vende una obra: “construye, afirma, asegúrate”.
Pero el Evangelio invierte el movimiento. No es el humano subiendo a lo divino por mérito o iluminación. Es Dios acercándose con misericordia.
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo… y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Filipenses 2:6–8)
Yo sé que esto, para alguien que viene de la Nueva Era o del ocultismo, puede sonar raro al principio. Porque allí lo “espiritual” suele ir de subir: más conciencia, más poder, más control, más “yo”.
Aquí es al revés: humildad, verdad, rendición. Y, por extraño que parezca, ahí es donde se respira.
La verdadera libertad no es “ser como Dios”. Es dejar de intentarlo. Es reconocer que no puedes salvarte a ti mismo, ni sanarte por decreto, ni limpiar tu culpa con rituales, ni fabricar paz a base de control.
Si has vivido esa mezcla de orgullo espiritual y vacío emocional, quizá te suene. A mí me sonó. Y no fue agradable admitirlo, pero fue el inicio de algo verdadero.
Y si has llegado hasta aquí, te lo digo con respeto: no te conformes con una espiritualidad que te infla y luego te deja solo. Pide verdad. Busca verdad. Lee el Evangelio con honestidad. Y deja que Dios te muestre quién es Él, sin los disfraces que le hemos puesto durante años.
❥ Sarai
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