El karma no existe: la mentira espiritual que suplanta al Evangelio

El karma no existe: la mentira espiritual que suplanta al Evangelio

Voy a ser clara, hay cosas que suenan muy espirituales, pero están podridas desde la raíz. El karma es una de ellas. En su envoltorio parece justo, sensato, incluso moral: «recoges lo que siembras», «todo vuelve», «la energía que das es la que recibes»… Pero detrás de esa aparente lógica universal se esconde una de las mentiras más sutiles y peligrosas que creí durante años. Y no lo digo por leerlo en un libro, lo digo porque estuve atrapada en ese engaño. Lo viví. Lo defendí. Me enorgullecía de entenderlo. Pero cuando conocí a Cristo, cuando entendí el Evangelio de verdad, supe que el karma es una burla contra la gracia de Dios.

¿Qué es el karma y de dónde viene?

La palabra karma viene del sánscrito y significa «acción». No es una idea moderna ni una ocurrencia de TikTok: es un pilar de religiones orientales como el hinduismo, el budismo y el jainismo. En pocas palabras, el karma enseña que todas tus acciones —buenas o malas— generan consecuencias que te volverán, ya sea en esta vida o en las siguientes (porque estas religiones también creen en la reencarnación). Si haces el bien, el universo te premiará. Si haces el mal, el universo te castigará. Así funciona esta ley moral automática e impersonal.

No hay un Dios personal que te juzgue. No hay perdón. No hay redención. Solo causa y efecto. Mérito y deuda. Una contabilidad cósmica sin corazón. En el hinduismo, el karma ata al alma al ciclo de nacimientos y muertes (samsara), y solo acumulando suficientes buenas acciones se puede aspirar a romper ese ciclo y alcanzar la liberación. En el budismo, el karma se basa en la intención y se considera una fuerza que afecta tus futuras reencarnaciones. En el jainismo, el karma se ve casi como una sustancia que se adhiere al alma, y se “limpia” mediante ascetismo extremo.

Todo esto suena exótico desde fuera, pero lo que pocos saben es que esta idea ha sido importada, diluida y romantizada en la cultura occidental. Ya no se habla de reencarnaciones ni de iluminación: ahora es “el universo” el que te devuelve lo que das, como si fuera una especie de algoritmo cósmico que lleva tus cuentas morales. Y en ese sistema, no necesitas a Dios. Tú eres el centro. Tú decides. Tú equilibras. Tú construyes tu destino.

El karma en la cultura pop: espiritualidad de microondas

Lo más curioso es cómo esta idea ha colado en Occidente. Ya nadie necesita leer textos védicos para creerse el karma. Lo ves en películas, canciones, redes sociales… incluso en memes. Esa frasecita de «el karma instantáneo» se ha vuelto viral. Una especie de justicia exprés donde el malvado recibe su castigo al momento, como si el universo fuera un repartidor eficiente de bofetadas morales.

Yo misma lo decía. Me encantaba repetir que todo vuelve, que el universo pone a cada uno en su sitio, que las energías no mienten. Sonaba profundo. Sonaba justo. Y sobre todo, sonaba bien para el ego. Porque el karma te hace sentir especial: como si tú, con tus vibras, tus decretos y tus decisiones, fueras el centro de tu destino. Sin necesidad de un Dios. Sin necesidad de rendirte. Sin cruz. Sin arrepentimiento.

Y cuando te rodeas de prácticas espirituales que refuerzan eso —como me pasó a mí con la astrología, el tarot, las canalizaciones, los decretos positivos, los rituales con velas o las limpiezas energéticas— acabas desarrollando una especie de moral mística egocéntrica. Pareces sabia, pareces despierta, pareces espiritual… pero estás cada vez más lejos de la verdad. Yo misma canalicé mensajes, me dejé manipular por “guías espirituales”, me creí con poder para cambiar mi realidad con la palabra. Todo eso parecía empoderante, pero solo alimentaba mi orgullo. Y lo peor: me alejaba del arrepentimiento verdadero.

¿Por qué el karma parece tan lógico?

Porque apela a nuestro sentido de justicia. A todos nos indigna ver que el malo se sale con la suya. Queremos creer que, de alguna manera, la vida se encarga de equilibrar las cosas. El karma satisface esa necesidad emocional de equilibrio moral sin necesidad de un Dios que juzgue. Y ahí está la trampa.

El karma propone una justicia automática. Si te pasa algo malo, es porque hiciste algo malo. Si te va bien, es porque sembraste bien. Parece justo, ¿verdad? Pero es cruel. Porque cuando sufres, el karma te dice: te lo mereces. ¿Estás enfermo? Es por tu pasado. ¿Naciste en pobreza? Algo hiciste. ¿Abusaron de ti? Karma. Es el sistema más despiadado disfrazado de justicia.

Y cuando lo crees, te haces juez de otros. Porque si tú crees que todo lo que les pasa es “karma”, entonces asumes que los demás cosechan lo que han sembrado. Te vuelves frío. Inmisericorde. Superior. Como los discípulos que preguntaron a Jesús por el ciego de nacimiento: “¿Quién pecó, este o sus padres?” (Juan 9:2). Jesús respondió: “Ni este pecó, ni sus padres; sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (v. 3). En otras palabras: no todo sufrimiento es culpa personal. No todo dolor es castigo.

¿Qué dice la Biblia?

La Biblia no enseña karma. Enseña causa y efecto bajo la soberanía de Dios. Dice que nuestras acciones tienen consecuencias, sí, pero esas consecuencias no están gobernadas por un sistema impersonal, sino por un Dios que ve, que conoce, que juzga y que actúa con justicia, pero también con misericordia.

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7)

Este versículo no habla de karma: habla de un Dios personal que no será burlado. Que sí juzga, pero no mecánicamente, sino conforme a su voluntad perfecta.

Además, Hebreos 9:27 lo deja claro: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. No hay vidas pasadas. No hay rueda de reencarnaciones. Solo una vida. Solo un juicio. Solo una oportunidad para reconciliarse con Dios.

Y aquí entra el corazón del Evangelio: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Esto lo cambia todo. Porque según el karma, tú cosechas lo que sembraste. Pero según el Evangelio, tú cosechas lo que Cristo sembró. Y eso, hermana, hermano, es gracia.

Gracia vs. karma: dos caminos opuestos

El karma te hace cargar con todo tu pasado. Te dice que todo lo que has hecho te perseguirá. Que tú debes pagar, equilibrar, purificar. No hay escape. No hay redención. No hay perdón. Solo castigo y esperanza de que, con suficiente esfuerzo, quizá en otra vida lo consigas.

La gracia, en cambio, te dice: “Cristo ya pagó por ti”. Te ofrece libertad. Te limpia. Te renueva. Te adopta. Te transforma. No por méritos tuyos, sino por amor de Dios. Y eso no tiene comparación.

“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13). Esa es la diferencia. El karma no tiene espacio para confesar ni para recibir misericordia. La gracia, sí. Y esa misericordia no es una “energía universal”, es la respuesta de un Dios personal que ama, que salva y que perdona.

¿Y qué pasa con los que hacen el mal?

El karma parece atractivo porque promete que cada uno recibirá su merecido. Pero ¿realmente lo vemos? Hay tiranos que mueren ricos, abusadores que jamás enfrentan consecuencias, personas buenas que sufren sin razón aparente. El karma no cumple su promesa. La justicia no siempre llega ahora.

Pero Dios sí es justo. Y su justicia es perfecta, aunque no siempre inmediata. La Biblia dice: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10). No hay injusticia que quede sin juzgar. Pero ese juicio no será por vibras, sino por verdad. Por la Palabra. Y por el corazón.

Advertencia final

Si crees en el karma, o si juegas con estas ideas, o si mezclas el cristianismo con frases como “el universo te lo devuelve” o “la energía nunca miente”, déjame decirte algo: estás siendo engañado. Estás tomando conceptos que parecen luz y los estás usando para cubrir tu necesidad más profunda: reconciliarte con tu Creador.

No necesitas equilibrio. Necesitas redención. No necesitas reencarnaciones. Necesitas nacer de nuevo. No necesitas pagar tus errores. Necesitas que alguien los pague por ti. Y ya lo hizo: Jesús en la cruz.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8)

No hay karma que limpie tu alma. Solo la sangre de Cristo. Y si crees en Él, todo lo viejo queda atrás. Y todo se hace nuevo.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17)

❥ Sarai

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