Durante muchos años me moví con total normalidad dentro del mundo de la Nueva Era. El yoga formaba parte de ese entorno casi de manera inevitable. Se presentaba como una práctica saludable, relajante y completamente neutral, recomendada para reducir el estrés, conectar con el cuerpo y alcanzar equilibrio interior. Hablar de yoga era hablar de bienestar, autocuidado y calma, sin aparentes implicaciones espirituales profundas.
Yo misma lo percibía así. El yoga estaba ahí, integrado en ese universo de ideas que prometían armonía y sanación, aunque nunca llegué a practicarlo de forma constante. Cada vez que intentaba acercarme al yoga, algo me frenaba. No era rechazo consciente ni miedo, sino una incomodidad sutil, difícil de explicar, como si no terminara de encajar conmigo por más normalizado que estuviera a mi alrededor.
Durante mucho tiempo pensé que simplemente no era para mí. Sin embargo, con el paso de los años comprendí que no se trataba de una cuestión de gustos ni de disciplina personal. Aquello que parecía inofensivo, incluso beneficioso, tenía un trasfondo más profundo de lo que suele admitirse cuando se habla de yoga solo como ejercicio físico.
Hoy puedo mirar atrás y reconocer que fui guardada incluso cuando no era consciente de ello. El yoga, tal como se presenta habitualmente, no es solo una serie de posturas o técnicas de respiración. Bajo la apariencia de bienestar y equilibrio, existe una dimensión espiritual real, aunque muchas veces se oculte o se minimice. Y esa dimensión, lejos de ser neutral, tiene un origen y un propósito concretos.
¿Qué significa yoga y cuál es su propósito real?
La palabra yoga proviene del sánscrito y significa literalmente “unión”. No es un término moderno ni ambiguo, sino un concepto con un significado muy concreto dentro de un marco espiritual específico. El yoga surgió hace miles de años en la India, en el contexto de las prácticas religiosas védicas, y su propósito original dista mucho de lo que hoy se promociona en gimnasios y centros de bienestar.
En su origen, el yoga no tenía como objetivo principal mejorar la flexibilidad, aliviar tensiones o fortalecer el cuerpo. Estas consecuencias físicas podían darse, pero eran secundarias. El fin último del yoga era alcanzar un estado de “iluminación espiritual”, conocido como samādhi, mediante un proceso de transformación interior. A través de posturas, respiración, concentración y meditación, el practicante buscaba trascender la individualidad y fundirse con una realidad espiritual superior.
Dentro de esta cosmovisión, el yoga persigue la unión del alma humana con Brahman, una divinidad impersonal que, según estas creencias, lo impregna todo. No se trata de un dios personal con voluntad propia, sino de una esencia universal de la que todo forma parte. De ahí surge la idea panteísta de que lo divino está en todo y que el ser humano, mediante ciertas prácticas, puede reconectar con esa supuesta divinidad interior.
Este enfoque implica algo fundamental: el problema del ser humano no sería moral ni relacional, sino de ignorancia espiritual. El yoga no busca una reconciliación con un Dios distinto y externo, sino un despertar interior que lleve a descubrir que uno mismo es parte de lo divino. Por eso, el camino del yoga se centra en técnicas, disciplinas y estados de conciencia, no en una relación personal con un Creador.
Entender este trasfondo ayuda a ver que el yoga no es simplemente una actividad neutral a la que se le añadió espiritualidad después. Su dimensión espiritual no es un añadido opcional, sino su núcleo original. Aunque hoy se presente de forma suavizada o descontextualizada, el propósito del yoga sigue estando ligado a una visión concreta de lo divino, del ser humano y de la realidad.
El origen espiritual del yoga
Todas las fuentes serias coinciden en un punto: el yoga está profundamente arraigado en la religión hindú. No surgió como una disciplina física independiente ni como una técnica de bienestar neutra, sino como parte de un sistema espiritual completo, con una cosmovisión definida sobre lo divino, el ser humano y la realidad.
Las posturas del yoga, conocidas como asanas, no fueron diseñadas al azar. Muchas de ellas nacieron como actos simbólicos de devoción y reverencia hacia distintas deidades del hinduismo. Del mismo modo, los mantras no son simples sonidos relajantes, sino fórmulas sagradas que se repiten con un propósito espiritual concreto: invocar, honrar o alinearse con determinadas realidades espirituales según esa tradición.
En textos fundamentales como los Vedas y los Upanishads se enseña que la práctica del yoga conduce al llamado “despertar espiritual”. Este despertar no se entiende como un crecimiento ético o moral, sino como la toma de conciencia de que el individuo puede fundirse con Brahman, la esencia divina impersonal que, según esta creencia, lo abarca todo. El yoga se convierte así en un camino de transformación espiritual, no solo corporal.
Por eso resulta problemático presentar el yoga como algo desligado de su origen. No se trata de una técnica a la que, con el tiempo, se le añadiera un componente espiritual, sino de una práctica creada desde el inicio con una finalidad religiosa. Aunque hoy se haya adaptado, suavizado o reinterpretado para encajar en contextos occidentales, su estructura y su propósito original permanecen.
Comprender este origen ayuda a entender por qué el yoga no es simplemente “estiramientos con respiración”. Detrás de sus movimientos, silencios y concentraciones hay una visión concreta de lo divino y del camino espiritual del ser humano. Ignorar ese trasfondo no lo hace desaparecer; solo lo vuelve menos visible.
Incompatibilidad entre yoga y fe cristiana
Llegados a este punto, muchos creyentes se hacen una pregunta legítima: ¿es posible practicar yoga únicamente como ejercicio físico, dejando de lado su dimensión espiritual? La duda es comprensible, sobre todo en un contexto donde el yoga se presenta como algo cotidiano, terapéutico y desprovisto de contenido religioso. Sin embargo, cuando se analiza su esencia y su propósito original, resulta difícil sostener que el yoga y la fe cristiana puedan caminar juntos sin conflicto.
El problema no está solo en la intención personal de quien lo practica, sino en el significado que la práctica tiene en sí misma. Diversos testimonios de personas que abandonaron el ocultismo y las prácticas espirituales orientales coinciden en este punto. Jenn Nizza, ex médium y hoy seguidora de Cristo, explica que muchas posturas del yoga fueron concebidas como formas de rendir tributo a deidades del hinduismo. Aunque quien las practique no sea consciente de ello, el gesto conserva su carga simbólica y espiritual.
Desde la fe cristiana, la adoración no es algo neutro ni intercambiable. La Escritura es clara al afirmar: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). No se trata de miedo ni de superstición, sino de fidelidad. Cuando una práctica nace como acto de devoción a otros dioses, el creyente debe preguntarse con honestidad si es coherente incorporarla a su vida espiritual.
Además, el yoga pone el énfasis en la introspección y en la búsqueda del “yo interior” como fuente de equilibrio, paz y plenitud. El mensaje cristiano, en cambio, no gira en torno a descubrir una divinidad interna, sino a reconocer nuestra necesidad de Dios y a vivir en relación con Él. Jesús llamó a negarnos a nosotros mismos y a seguirle (Lucas 9:23), no a centrarnos en el propio yo como camino de realización espiritual.
La paz que ofrece el yoga se presenta como algo que se alcanza mediante técnicas, control del cuerpo y estados de conciencia. La fe cristiana propone una paz distinta, que no depende de métodos ni disciplinas espirituales, sino de una relación restaurada con Dios. Jesús habló de una paz que no es como la que el mundo ofrece (Juan 14:27), una paz que permanece incluso en medio del conflicto y la debilidad.
Por eso, más allá de las buenas intenciones, el yoga plantea una tensión real con la fe cristiana. Todo aquello que desplaza a Dios del centro, aunque sea de forma sutil, acaba afectando a nuestra forma de creer, de orar y de vivir. Y el llamado cristiano es claro: glorificar a Dios en todo lo que hacemos (1 Corintios 10:31).
Testimonios cristianos sobre el yoga
A lo largo de los últimos años han salido a la luz numerosos testimonios de personas que, tras abandonar prácticas espirituales orientales y acercarse a la fe cristiana, han comenzado a mirar el yoga con otros ojos. Muchos coinciden en algo llamativo: las consecuencias no siempre fueron inmediatas ni espectaculares, pero sí reales. Hablan de confusión espiritual, ansiedad, pérdida de discernimiento y una progresiva desconexión en su vida de oración.
Uno de los testimonios más claros es el de Brenda, una mujer nacida en la India, criada en un entorno profundamente religioso y que pasó por distintas creencias espirituales antes de conocer a Cristo. Durante años estuvo expuesta al hinduismo, a la meditación, a la sanación con cristales y a prácticas como el yoga, que ella misma describe como una forma de meditación espiritual disfrazada de ejercicio físico. Según explica, al adoptar determinadas posturas y gestos, creía estar trabajando su cuerpo, cuando en realidad estaba participando en un sistema espiritual que invocaba realidades que no comprendía.
Brenda señala que muchas posturas del yoga, así como los gestos de las manos y las expresiones faciales que se enseñan en algunas clases, tienen un significado concreto dentro del hinduismo. No son neutras ni simbólicas sin más, sino que representan a distintas deidades y elementos espirituales. Desde su experiencia, el problema no era la intención personal, sino el marco espiritual en el que se estaba participando sin saberlo.
Tras su encuentro con Cristo y su proceso de liberación espiritual, comprendió algo que antes ignoraba: vaciar la mente, tal como se enseña en muchas formas de yoga y meditación, no es un acto inocente. Ella lo describe como dejar un espacio abierto sin discernimiento, algo que, desde la fe cristiana, supone un riesgo espiritual real. Por eso insiste en que no toda meditación es igual, ni todo silencio interior conduce a la verdad.
Este tipo de testimonios coinciden con el de Jenn Nizza, ex médium y hoy creyente, quien confesó haber experimentado comunicaciones espirituales durante prácticas de meditación que más tarde reconoció como engañosas y opresivas. Ambos relatos apuntan a una misma realidad: el yoga no es solo una actividad corporal, sino una práctica con implicaciones espirituales que pueden abrir puertas que luego cuesta cerrar.
La Escritura advierte de esta dimensión espiritual de la vida con palabras claras: “Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8). No se trata de vivir con miedo, sino con discernimiento. Ignorar la dimensión espiritual de ciertas prácticas no las neutraliza; simplemente nos deja más expuestos.
Otros creyentes que practicaron yoga de forma aparentemente inofensiva también relatan una sensación persistente de perturbación interior o de distancia espiritual que no sabían explicar. Con el tiempo, muchos llegaron a la misma conclusión: el cuerpo y el espíritu no pueden separarse. Cuando una práctica nace con un propósito espiritual concreto, ese propósito permanece, aunque se presente de manera suavizada o se disfrace de bienestar.
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Cómo mirar el yoga desde la perspectiva cristiana
Mirar el yoga desde la fe cristiana requiere algo que hoy se ha vuelto poco común: discernimiento. No todo lo que resulta agradable, relajante o popular es necesariamente bueno a los ojos de Dios. La Escritura nos llama a examinarlo todo, no desde la emoción ni desde la utilidad inmediata, sino desde la verdad. Y ese examen incluye también aquellas prácticas que el mundo presenta como saludables y beneficiosas sin cuestionamiento alguno.
Es cierto que el yoga puede producir efectos físicos visibles: mejora de la flexibilidad, sensación momentánea de calma o reducción del estrés. El problema no está en el cuerpo ni en su cuidado, sino en la raíz espiritual de la práctica. Cuando algo nace dentro de un sistema religioso ajeno al Dios bíblico, no puede separarse completamente de esa cosmovisión, aunque se intente presentar como neutral o despojado de significado espiritual.
Desde la fe cristiana, el cuerpo no es un instrumento para alcanzar estados espirituales elevados ni un medio para conectar con lo divino a través de técnicas. El cuerpo es creación de Dios y debe ser cuidado con gratitud, sencillez y responsabilidad, sin necesidad de recurrir a prácticas cargadas de simbolismo pagano. Existen muchas formas sanas y honestas de cuidar el cuerpo —caminar, estirar, hacer deporte o practicar disciplinas como el pilates— que cumplen una función física real sin arrastrar un trasfondo espiritual ajeno a la fe cristiana.
El discernimiento cristiano también alcanza la mente. No se trata solo de lo que hacemos con el cuerpo, sino de aquello a lo que exponemos nuestro pensamiento, nuestra atención y nuestra vida interior. La Biblia exhorta a centrar la mente en aquello que es verdadero, limpio y digno delante de Dios: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro… en esto pensad” (Filipenses 4:8). Esta invitación no es una restricción, sino una protección.
Cuando una práctica introduce ideas, símbolos o filosofías que desplazan a Cristo del centro —aunque lo haga de forma sutil— termina afectando nuestra manera de creer y de relacionarnos con Dios. Por eso, la pregunta no debería ser solo si algo “me funciona” o “me hace sentir bien”, sino si honra a Dios y si es coherente con la fe que profeso.
Jesús es suficiente
Entendí algo que hoy tengo muy claro: no necesito estados místicos, técnicas orientales ni prácticas espirituales alternativas para encontrar paz. Jesús es suficiente. No como una frase bonita, sino como una verdad que se sostiene en la experiencia y en la realidad espiritual. Él es mi descanso, mi equilibrio y mi libertad.
Durante años busqué calma, sentido y sanación en caminos que prometían mucho, pero que nunca llegaban al fondo del problema. El yoga, como otras prácticas de la Nueva Era, ofrecía una paz momentánea, condicionada a métodos, posturas o estados mentales. Sin embargo, la paz que da el Señor no depende del control de la respiración ni del dominio del cuerpo, sino de una relación viva y real con Él. Jesús lo expresó con sencillez y autoridad: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).
Hoy puedo mirar atrás con honestidad. Me duele haber creído que el yoga era completamente inofensivo, pero también me alegra profundamente haber sido librada. En Cristo encontré una paz que no se apaga cuando termina la práctica ni desaparece cuando llegan las dificultades. Encontré una paz que permanece, porque no nace del interior humano, sino de Dios mismo.
La libertad no está en unirnos con una energía impersonal ni en descubrir una supuesta divinidad interior. La verdadera libertad está en ser reconciliados con el Dios vivo, en conocerle y en vivir bajo Su gracia. Nada de lo que el ser humano pueda crear o practicar puede reemplazar lo que el Espíritu de Dios hace en el corazón de quien se rinde a Él.
Jesús basta.
Y cuando Él ocupa el centro, todo lo demás pierde su poder.
❥ Sarai





