Mi bautismo cristiano es una historia de redención, pero no comenzó en el agua. Empezó el día en que Jesús puso Su mirada en mí. Cuando Él te llama por tu nombre, algo se quiebra dentro de ti: lo viejo muere, y lo nuevo empieza a respirar. Aquel día confirmé lo que ya era cierto en mi corazón: Cristo me había amado antes de que yo Le buscara.
Antes de conocer la verdadera luz
Durante años busqué respuestas en lugares equivocados. Me atraía todo lo que sonaba espiritual: energías, tarot, meditación, astrología… Caminos que prometían plenitud, pero solo me dejaban vacía. Lo que parecía luz se convirtió en oscuridad. La ansiedad me acompañaba a diario, y ningún método me daba descanso.
Hasta que conocí a Jesucristo, no como idea ni maestro, sino como el Hijo de Dios vivo. Él me rescató del engaño, me perdonó y me dio una identidad nueva. Por primera vez entendí lo que dice Su Palabra:
“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
—Juan 8:32 (RVR1960)
Ese versículo se volvió mi bandera. La paz que tanto busqué en lo oculto la encontré en Cristo. Con Su paz vino también el deseo profundo de obedecerle y vivir conforme a Su voluntad.
Preparando mi corazón para el bautismo cristiano
El bautismo cristiano no es un acto simbólico vacío: es una declaración pública de fe y gratitud. Durante meses me preparé en un discipulado donde aprendí lo que significa morir al pecado y resucitar con Cristo, tal como enseña Romanos 6:4. Comprendí que el bautismo no me salva, sino que muestra al mundo que ya he sido salvada por gracia.
Recuerdo cada clase con gratitud. Mi pastor nos hablaba con paciencia sobre la cruz, la obediencia y la nueva vida que comienza cuando nos rendimos completamente a Jesús. Yo quería hacerlo con todo mi corazón, no por costumbre, sino como testimonio del poder de Su gracia.
El día de mi bautismo cristiano
Cuando llegó el día, los nervios me temblaban por dentro. Leí mi testimonio delante de la iglesia con la voz entrecortada, pero con gozo. Me bauticé junto a tres hermanas y mi novio, que me acompañó con serenidad. Al entrar en el agua, sentí que todo lo viejo quedaba atrás. Intenté recitar 2 Corintios 5:17, pero los nervios me hicieron olvidar una parte, y mi pastor me la susurró con cariño. Sonreí. Fue un gesto pequeño, pero lleno de amor fraternal.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
—2 Corintios 5:17 (RVR1960)
No era solo agua. Era obediencia, fe y una guerra declarada al pasado. En ese instante entendí que no estaba sola: Dios estaba conmigo, y Su iglesia me abrazaba como familia.
Lectura recomendada: El engaño más antiguo de la historia
Mi testimonio leído el día del bautizo

«No vengo a contaros una historia sobre mí, sino sobre su amor, su paciencia y su poder transformador.
Durante años, creí en Dios de forma muy vaga. Sabía que existía, pero no le conocía. Nadie me habló de quién era realmente Jesús, ni lo que vino a hacer por nosotros. Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta. El mundo me ofreció mil caminos disfrazados de espiritualidad: el ocultismo, la Nueva Era, todo aquello que promete luz, pero te va sumiendo en más oscuridad. Y yo, sin saberlo, caí ahí.
Pero Dios, en su misericordia, no me dejó ahí. Aunque yo no le buscaba como debía, Él me estaba buscando a mí. A través de personas, de testimonios, de situaciones que ahora entiendo claramente, Él me fue mostrando la verdad. Fue Él quien me quitó la venda de los ojos y me hizo ver que lo que yo pensaba que era “espiritualidad” no era más que una trampa disfrazada.
Dios me dio hambre por su Palabra, me llevó a leer la Biblia y me mostró quién es Cristo realmente: no un símbolo ni una idea, sino el Hijo de Dios vivo, que murió por mis pecados y resucitó para darme vida. Él me rescató del engaño y empezó a transformar mi mente, mis emociones y mi entorno.
Lo primero que hizo fue darme claridad: me hizo ver que no podía seguir mezclando su verdad con mentiras. Me dio el valor para apartarme de todo lo que antes me ataba: libros, objetos, ideas… Me limpió por dentro y por fuera. Me quitó la ansiedad que llevaba años arrastrando, me trajo paz en medio de mi caos, y empezó a sanar mi corazón herido y a restaurar mi forma de relacionarme con los demás.
Hoy puedo decir que tengo esperanza, que sé quién soy y para qué estoy aquí: para amar a Dios, conocerle más cada día y vivir para Él. El bautismo no es el principio ni el final, sino una declaración pública de lo que ya ha hecho en mi interior. Me bautizo porque le pertenezco, porque Él me salvó, y quiero seguirle todos los días de mi vida.
Toda la gloria es para Jesús, que me encontró cuando yo estaba perdida, y que prometió no soltarme jamás.»
Una vida nueva en Cristo
Desde aquel día nada ha sido igual. Dejé atrás los temores y aprendí a descansar en la soberanía de Dios. Sigo teniendo luchas, pero ahora sé a quién pertenezco. Cada paso es un recordatorio de Su fidelidad. Mi testimonio no trata de una experiencia emotiva, sino del poder del Evangelio que transforma el corazón.
Como enseña Paul Washer, la evidencia de la conversión no está en una ceremonia, sino en una vida que sigue siendo transformada por Cristo. El bautismo cristiano es obediencia y gratitud. No se trata de tradición, sino de testimonio vivo. Es un acto que glorifica al Salvador y anuncia Su poder redentor.
Si estás comenzando a caminar con Jesús y temes dar este paso, recuerda: el agua no salva, pero confesar a Cristo sí glorifica al Señor. Cuando Él te ve primero, Su amor te cambia para siempre.
❥ Sarai

