Mi bautismo cristiano no empezó en el agua ni con una ceremonia. Empezó el día en que entendí que no podía seguir sosteniéndome sola. Durante años llamé “profundidad espiritual” a algo que en realidad era miedo. Miedo a que todo se viniera abajo. Miedo a no tener explicación. Miedo a no poder controlar lo que no veía.
Yo no llegué a Cristo desde la indiferencia. Llegué cansada. Venía de la Nueva Era, del ocultismo en casa, de la astrología, de la ley de atracción. No lo vivía como rebeldía contra Dios, sino como una búsqueda sincera. Pero toda esa búsqueda tenía un centro: yo.
Si algo salía mal, tenía que revisar mi energía. Si una relación fracasaba, había una causa invisible que no había sabido gestionar. Si sentía ansiedad, era porque no estaba alineada. El sistema siempre daba una explicación. Y mientras tienes una explicación, sientes que tienes el control.
El problema es que el control no da descanso.
Preparando mi corazón para el bautismo cristiano
Cuando entendí el Evangelio, empecé a ver que el centro no era lo que yo hacía, sino lo que Cristo ya había hecho. No era yo intentando mantenerlo todo en orden. Era Dios reconciliándome con Él por medio de su Hijo.
Romanos 6:4 afirma:
“Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo,
a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre,
así también nosotros andemos en vida nueva.”
El bautismo cristiano no me salvaba. Pero mostraba algo real: yo ya había sido salvada por gracia.
Durante el discipulado previo, tuve que ir más allá de lo superficial. Tuve que mirar mi corazón. ¿Seguía queriendo controlar? ¿Seguía buscando seguridad en lo que hacía? ¿O estaba dispuesta a descansar en lo que Cristo ya había hecho?
Ahí está la diferencia.
Colosenses 2:9–10 declara:
“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él.”
Completos. No a medias. No dependiendo de lo que haga. Completos en Él.
Si estoy completa en Él, ¿qué intento añadir?
Lectura recomendada: El engaño más antiguo de la historia
El día de mi bautismo cristiano
El día llegó. Leí mi testimonio con la voz temblando. Sabía que Dios me había rescatado.
Al entrar en el agua recordé 2 Corintios 5:17:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es;
las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
Intenté recitarlo completo, pero los nervios me jugaron una mala pasada. Mi pastor me susurró la parte que olvidé. Sonreí.
No fue un momento espectacular, pero sí fue real.
Mi bautismo no fue una experiencia extraña ni especial. Fue un paso de obediencia. Fue decir delante de otros que ya no vivía para mí. Que mi seguridad ya no estaba en lo que hacía antes. Y que mi identidad ya no estaba en todo aquello de donde Dios me sacó.
El agua no borró mi pasado. Cristo ya lo había hecho.
Para quien viene de la Nueva Era o el ocultismo
La espiritualidad alternativa te promete poder. Te promete entender más, protegerte, tener respuestas. Y al principio parece que todo encaja, porque siempre hay una explicación para lo que te pasa. Pero con el tiempo te das cuenta de que el peso recae sobre ti. Siempre hay algo más que revisar, algo que ajustar, algo que no has hecho bien.
¿Descansas de verdad? ¿Puedes pasar un día difícil sin pensar que lo has provocado? ¿Puedes estar mal sin culparte por haber “atraído” algo negativo?
El problema no es solo lo que enseña, sino cómo te hace vivir. Si todo depende de que tú lo hagas bien, nunca vas a estar seguro. Siempre vas a pensar que hay algo que se te está escapando. Porque, sorpresa, no somos perfectos y nunca lo seremos. Y eso es algo esencial que hay que asumir. Reconocer que no eres nada ante el Señor, humillarte delante de Él y ver tu propia insignificancia duele al ego, pero es la verdad.
Jesús dijo en Mateo 11:28–30:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón;
y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.”
Yo estaba así, sin darme cuenta del todo. Siempre pendiente, siempre intentando hacerlo bien, siempre corrigiendo. Y eso cansa. Cansa de verdad. Y cuando leí esto, entendí lo que me pasaba. Él no me estaba dando otra forma de hacerlo mejor. Me estaba llamando a descansar.
Por eso, si nunca te has planteado esto, párate un momento y hazte esas preguntas en serio. Mira si todo eso realmente te está dando descanso.
Yo no encontré ese descanso haciendo más cosas. Lo encontré cuando dejé de confiar en mí y miré a Cristo. Dale una oportunidad al Evangelio, no como una idea más, sino como lo que es. Y ahí es donde se nota la diferencia.
Para el creyente confundido
Puede que ya te hayas bautizado. Puede que ames al Señor. Pero sigues viviendo como si tu estabilidad dependiera de no olvidar hacer algo.
Gálatas 3:3 pregunta:
“¿Habiendo comenzado por el Espíritu,
ahora vais a acabar por la carne?”
Empezamos dependiendo de la gracia. Pero muchas veces terminamos intentando sostenernos con lo que hacemos.
Romanos 8:1 afirma:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay
para los que están en Cristo Jesús.”
Ninguna. No a ratos. No según cómo estés. Ninguna.
Eso no hace que todo sea fácil. Pero cambia desde dónde vives todo.
No luchas para que Dios te acepte. Luchas porque ya te ha aceptado.
El bautismo cristiano no es el final. Es el comienzo visible de una vida que descansa en lo que Cristo ya hizo. La guerra espiritual es real. El pecado es real. El enemigo es real. Pero tu seguridad no es frágil ni depende de hacer cosas todos los días para mantenerla.
Proverbios 3:5–6 dice:
“Fíate de Dios de todo corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.
Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.”
Yo me apoyaba en mi forma de pensar. En analizarlo todo. En intentar anticiparme. Confiar implicó aceptar que no controlo lo que no veo.
Lo que realmente cambió
Desde mi bautismo cristiano sigo teniendo luchas. Sigo viendo patrones. Sigo necesitando arrepentirme. La diferencia no es que ahora todo sea fácil. Es que ya no intento sostenerme sola.
Cuando fallo, no voy a técnicas. Voy a Cristo.
Cuando siento miedo, no intento controlarlo con decretos. Lo llevo a la Palabra.
Cuando no entiendo lo que ocurre, recuerdo Deuteronomio 29:29:
“Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios;
mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre.”
No todo me corresponde a mí.
Eclesiastés 7:29 dice:
“Dios hizo al ser humano recto, pero la gente ha buscado demasiadas complicaciones.”
Yo me compliqué. Añadí capas. Construí explicaciones. Intenté protegerme.
El Evangelio me desarmó.
El bautismo cristiano fue mi forma de decirlo en público. No desde la perfección, sino desde la rendición.
Si hoy estás cansado de intentar sostenerlo todo, párate y míralo con honestidad. ¿Tu seguridad está en lo que Cristo ya hizo o en lo que haces tú?
Esa pregunta cambió mi vida. Y la sigue cambiando.
❥ Sarai
Mi testimonio leído el día del bautizo

«No vengo a contaros una historia sobre mí, sino sobre su amor, su paciencia y su poder transformador.
Durante años, creí en Dios de forma muy vaga. Sabía que existía, pero no le conocía. Nadie me habló de quién era realmente Jesús, ni lo que vino a hacer por nosotros. Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta. El mundo me ofreció mil caminos disfrazados de espiritualidad: el ocultismo, la Nueva Era, todo aquello que promete luz, pero te va sumiendo en más oscuridad. Y yo, sin saberlo, caí ahí.
Pero Dios, en su misericordia, no me dejó ahí. Aunque yo no le buscaba como debía, Él me estaba buscando a mí. A través de personas, de testimonios, de situaciones que ahora entiendo claramente, Él me fue mostrando la verdad. Fue Él quien me quitó la venda de los ojos y me hizo ver que lo que yo pensaba que era “espiritualidad” no era más que una trampa disfrazada.
Dios me dio hambre por su Palabra, me llevó a leer la Biblia y me mostró quién es Cristo realmente: no un símbolo ni una idea, sino el Hijo de Dios vivo, que murió por mis pecados y resucitó para darme vida. Él me rescató del engaño y empezó a transformar mi mente, mis emociones y mi entorno.
Lo primero que hizo fue darme claridad: me hizo ver que no podía seguir mezclando su verdad con mentiras. Me dio el valor para apartarme de todo lo que antes me ataba: libros, objetos, ideas… Me limpió por dentro y por fuera. Me quitó la ansiedad que llevaba años arrastrando, me trajo paz en medio de mi caos, y empezó a sanar mi corazón herido y a restaurar mi forma de relacionarme con los demás.
Hoy puedo decir que tengo esperanza, que sé quién soy y para qué estoy aquí: para amar a Dios, conocerle más cada día y vivir para Él. El bautismo no es el principio ni el final, sino una declaración pública de lo que ya ha hecho en mi interior. Me bautizo porque le pertenezco, porque Él me salvó, y quiero seguirle todos los días de mi vida.
Toda la gloria es para Jesús, que me encontró cuando yo estaba perdida, y que prometió no soltarme jamás.»
Descubre más desde Mi Corazón en Cristo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


