“Todas las religiones llevan a Dios”, es una frase que se repite mucho hoy. Suena pacífica, abierta y madura. Parece incluso espiritual. Durante años yo también la di por buena, sin detenerme demasiado a pensar qué significaba realmente.
El problema no es el deseo de convivencia ni el respeto entre personas. El problema aparece cuando una idea aparentemente amable deja de ser analizada, y se convierte en un dogma incuestionable. Ahí es donde conviene frenar un momento y preguntarse si esta afirmación resiste un examen honesto.
Este texto no nace desde la teoría, sino desde la experiencia de haber buscado durante años respuestas en distintos lugares: espiritualidades alternativas, discursos energéticos, mensajes que prometían plenitud interior, pero que, en la práctica, dejaban más vacío del que había antes.
Una historia popular… y una conclusión poco revisada
Para defender que todas las religiones llevan a Dios, suele usarse una parábola muy conocida: la de los ciegos y el elefante. Cada ciego toca una parte distinta del animal y describe algo diferente. La conclusión habitual es que todas las religiones perciben “una parte” de la misma verdad.

El relato suena profundo, pero si se observa con calma, dice algo muy distinto de lo que suele afirmarse. Los ciegos no están conociendo al elefante. Están describiendo incorrectamente aquello que no pueden ver en su totalidad.
La historia no demuestra que todas las percepciones sean válidas, sino que la falta de visión completa conduce al error. Percibir fragmentos no equivale a conocer la verdad.
Aplicado a la espiritualidad, esto plantea una pregunta incómoda: ¿y si no todas las religiones están viendo “partes de Dios”, sino interpretando mal lo que no conocen?
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El problema lógico que casi nadie quiere señalar
Hay un detalle que suele pasarse por alto: las religiones no solo son distintas, sino contradictorias entre sí. No en aspectos secundarios, sino en afirmaciones centrales.
Unas enseñan que Dios es personal; otras que es una energía impersonal. Algunas afirman que el ser humano necesita redención; otras que solo necesita despertar. Unas hablan de un Creador distinto de la creación; otras dicen que todo es divino.
Dos afirmaciones opuestas no pueden ser verdaderas al mismo tiempo. Esto no es una postura religiosa, es una ley básica de la lógica. Decir que todas las religiones llevan a Dios exige ignorar estas contradicciones o relativizar la verdad hasta vaciarla de significado.
Cuando la espiritualidad se adapta para no incomodar
En muchos entornos espirituales modernos, especialmente en la Nueva Era, se repite la idea de que “todas las verdades son válidas” o que “cada uno crea su propio camino”. Yo misma normalicé durante años ese discurso.

La promesa era atractiva: no hay autoridad externa, no hay confrontación, no hay corrección. Todo depende de cómo te sientas. El problema es que ese tipo de espiritualidad nunca responde a las preguntas más profundas, solo las anestesia.
Cuando llegan el dolor real, la pérdida, las heridas que no se solucionan con afirmaciones positivas, ese sistema se queda sin respuestas. Ahí es donde muchas personas empiezan a notar que algo no encaja.
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La verdad entendida de una forma radicalmente distinta
A lo largo de la historia han existido muchos líderes espirituales y maestros morales. Algunos dejaron enseñanzas valiosas. Otros fundaron sistemas completos de pensamiento. Pero ninguno de ellos afirmó ser la verdad en sí mismo.
Jesús de Nazaret es una excepción absoluta en este punto. No se presentó como un guía más, ni como un iluminado, ni como alguien que señalaba un camino entre muchos.
Sus palabras fueron directas y difíciles de encajar en una mentalidad relativista:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” (Juan 14:6)
Esta afirmación no es cómoda ni flexible. No deja espacio para el sincretismo ni para la idea de que todas las opciones son equivalentes. O es verdad, o no lo es. Pero no admite reinterpretaciones suaves.
Una revelación que no se construye desde dentro
Uno de los puntos clave que diferencia el mensaje bíblico de muchas corrientes espirituales actuales es el origen de la verdad. No nace del interior del ser humano, ni de su conciencia, ni de su percepción.
La Biblia presenta a Dios como alguien que se da a conocer, que se revela. No como una energía a descubrir, sino como una Persona que habla y actúa en la historia.
Por eso el mensaje bíblico nunca encaja bien con la idea de que todas las religiones llevan a Dios. No porque desprecie a las personas, sino porque afirma que la verdad no se fragmenta ni se adapta a cada época.
Cuando buscar sin verdad agota
Durante mucho tiempo creí que la búsqueda espiritual era sinónimo de profundidad. Cuanto más probaba, más “abierta” me sentía. Pero con los años empecé a notar un patrón: mucho lenguaje elevado, muchas promesas, y poca transformación real.
La espiritualidad que evita la verdad objetiva suele terminar girando alrededor del ego, aunque se disfrace de humildad. Y el ego, tarde o temprano, cansa.
No fue un razonamiento brillante lo que me sacó de ahí, sino el cansancio de buscar sin encontrar. De tener muchas respuestas bonitas y ninguna que sostuviera la vida cuando se rompía por dentro.
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Una afirmación que exige una respuesta honesta
Decir que todas las religiones llevan a Dios parece tolerante, pero en realidad evita la pregunta más importante: ¿y si Dios no es como lo imaginamos?
La afirmación de Jesús no se puede colocar al mismo nivel que otras propuestas espirituales sin vaciarla de sentido. O estaba diciendo la verdad, o estaba profundamente equivocado. No hay un punto intermedio cómodo.
Este texto no pretende imponer una conclusión, sino invitar a pensar con honestidad. A no conformarse con frases hechas. A revisar si una idea tan repetida como “todas las religiones llevan a Dios” realmente se sostiene cuando se analiza sin miedo.
La búsqueda sincera no se ofende ante la verdad. La necesita.
❥ Sarai
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