
Un Curso de Milagros aparece tarde o temprano cuando te mueves en entornos de espiritualidad alternativa. Alguien lo recomienda, alguien lo cita como si fuera incuestionable, alguien dice que le ayudó a “ver las cosas de otra manera”.
Yo crecí rodeada de ese tipo de lenguaje. Conciencia, energía, sanación interior, despertar, percepción. Todo sonaba elevado, profundo, incluso amoroso. Durante mucho tiempo asumí que ese era el camino lógico para entender la vida y a uno mismo.
Con los años aprendí a desconfiar de una espiritualidad que promete paz sin tocar lo que duele de verdad. Que habla mucho de amor, pero evita la verdad. Que ofrece alivio mental, pero no sabe qué hacer con la culpa, el vacío o el daño real.
Un Curso de Milagros encaja perfectamente ahí. Usa palabras cristianas, menciona a Jesús, habla de milagros y perdón. Y precisamente por eso genera tan poca sospecha. Parece familiar. Parece seguro. Parece compatible con todo.
Pero cuando se examina su origen y su mensaje con un poco de honestidad, empiezan a aparecer grietas importantes. No pequeñas diferencias de interpretación, sino una forma completamente distinta de entender a Dios, al ser humano y la realidad misma.
De eso va este artículo. No de una opinión rápida, sino de mirar con claridad qué hay realmente detrás de Un Curso de Milagros y por qué su mensaje, aunque suene espiritual, termina alejando de la verdad.
Qué promete Un Curso de Milagros y por qué resulta tan atractivo
Un Curso de Milagros promete paz interior, liberación del miedo y una forma distinta de percibir la realidad. Enseña que el sufrimiento nace de una percepción equivocada y que, corrigiendo la mente, es posible vivir sin culpa ni conflicto.
Para alguien cansado emocionalmente, herido por relaciones rotas o decepcionado con la religión tradicional, este mensaje resulta atractivo. No exige confrontación moral ni rendición interior. Todo se resuelve cambiando la forma de pensar.
El problema es que este enfoque evita una pregunta clave: ¿y si el problema no fuera solo mental? ¿Y si el ser humano no estuviera simplemente confundido, sino dañado en lo más profundo?
El origen de Un Curso de Milagros: canalización, contexto y una controversia incómoda

Un Curso de Milagros no nace en una comunidad cristiana ni en un entorno de estudio bíblico. Según el propio relato de sus editores, el texto fue recibido entre 1965 y 1972 por Helen Schucman, una psicóloga que afirmaba escuchar una voz interior que le dictaba el contenido, y que ella transcribía como un dictado mental continuo.
Este punto es clave. No hablamos de reflexión personal ni de interpretación teológica, sino de un mensaje que reclama autoridad espiritual a partir de una experiencia interna privada. No hay contraste externo, no hay comunidad que discierna, no hay sometimiento a la Escritura.
Schucman no trabajó sola. El proceso estuvo acompañado y promovido por William “Bill” Thetford, su jefe y colaborador directo, quien sí tuvo vínculos laborales con la CIA en el ámbito de la investigación psicológica. Este dato no es anecdótico: sitúa el origen del Curso en un contexto académico y temporal marcado por el interés institucional en la mente humana, la sugestión y los estados alterados de conciencia.
No es necesario afirmar que Un Curso de Milagros fuera un proyecto oficial de la CIA para reconocer algo evidente: el entorno en el que surge no es espiritual en el sentido bíblico, sino psicológico, experimental y profundamente influido por las corrientes de pensamiento de la época.
El método utilizado —dictado mental, voz interior con autoridad absoluta, mensaje incuestionable— es el mismo que se encuentra en prácticas de escritura automática y canalización espiritual, comunes en el espiritismo moderno y la Nueva Era. No es un camino neutro, y mucho menos compatible con la revelación bíblica.
La Escritura advierte con claridad contra este tipo de fuentes espirituales: “No sea hallado en ti… quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero… ni quien consulte a los muertos” (Deuteronomio 18:10-11).
El origen de un mensaje importa. Y cuando ese origen se apoya en canalización, autoridad psicológica y un contexto académico ligado a experimentación mental, lo responsable no es aceptarlo por su lenguaje amable, sino examinarlo con discernimiento.
La base doctrinal: una espiritualidad sin pecado ni ruptura real
Uno de los pilares fundamentales de Un Curso de Milagros es la negación del pecado como realidad objetiva. Según su enseñanza, la separación entre Dios y el ser humano nunca ocurrió realmente; sería solo una ilusión producida por la mente.
Desde esta perspectiva, el problema humano no es moral, sino perceptivo. No hay culpa que reconocer ni daño que reparar, sino un error de pensamiento que debe corregirse. El mal no existe como tal, el juicio es una ficción y la redención resulta innecesaria.
Esta idea tiene consecuencias profundas. Si no hay pecado real, tampoco hay responsabilidad real. Si no hay responsabilidad, no hay necesidad de perdón. Y si no hay nada que perdonar, la cruz pierde completamente su sentido.
Esta forma de pensar no nace con Un Curso de Milagros. Es una reedición moderna de una idea muy antigua: el gnosticismo. En el gnosticismo, el ser humano no está caído, está dormido. No necesita reconciliación con Dios, sino despertar a su supuesta naturaleza divina.
Por eso el Curso no llama al arrepentimiento ni a la rendición, sino a un cambio de percepción. El conflicto no se resuelve enfrentando la verdad, sino reinterpretando la realidad hasta que deje de incomodar.
La Biblia presenta una visión radicalmente distinta. No describe al ser humano como alguien simplemente confundido, sino como alguien separado de Dios por una ruptura real, provocada por el pecado. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Negar el pecado no lo elimina. Solo lo deja sin nombre. Y cuando algo no tiene nombre, no puede ser tratado ni sanado.
Una espiritualidad que elimina la culpa puede resultar cómoda al principio, pero también elimina la posibilidad de una transformación auténtica. Porque la transformación no comienza cuando negamos el problema, sino cuando lo reconocemos con honestidad.
Un Curso de Milagros ofrece alivio mental, pero no ofrece restauración real. No toca la raíz del conflicto humano, solo la cubre con una explicación elegante. Y lo que no se confronta, tarde o temprano vuelve a aparecer.
El Jesús de Un Curso de Milagros: una voz que no procede de Cristo
Un Curso de Milagros afirma transmitir enseñanzas de Jesús. No lo presenta como una inspiración simbólica, sino como una voz que habla en primera persona y reclama autoridad espiritual.
Sin embargo, el “Jesús” que aparece en el Curso no coincide en absoluto con el Jesús que muestran los Evangelios. No se trata de matices teológicos ni de interpretaciones distintas, sino de mensajes opuestos.
En Un Curso de Milagros, Jesús no habla de pecado real, no anuncia juicio, no llama al arrepentimiento ni presenta la cruz como un sacrificio necesario. La muerte de Cristo se reduce a un símbolo mental y la salvación se convierte en un cambio de percepción.
La Escritura, en cambio, presenta a un Jesús histórico, coherente y reconocible, cuyo mensaje es claro y consistente de principio a fin:
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4)
Cuando una voz se presenta como Jesús pero niega el núcleo de su mensaje —el pecado, la cruz y la resurrección—, no puede proceder de Él. Jesús no se contradice a sí mismo.
La Biblia advierte explícitamente sobre este tipo de engaño espiritual:
“Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Evangelio según Mateo 24:24)
La fuente que habla en Un Curso de Milagros no es el Cristo bíblico. Es una imitación espiritual. Y la Escritura es clara al respecto, detrás de doctrinas que niegan la verdad del Evangelio no hay luz, sino engaño:
“Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14)
Llamar “Jesús” a una voz no la convierte en Cristo. El criterio no es el nombre que usa, sino el mensaje que transmite. Y cuando un mensaje niega la obra redentora de la cruz, su origen no es divino, sino del enemigo.
La Biblia como referencia histórica y espiritual
Para muchas personas alejadas del cristianismo, la Biblia suele percibirse como un libro impuesto, antiguo o manipulado. Esa imagen no nace de haberla leído, sino de ideas repetidas durante años.
Sin embargo, antes de ser un texto espiritual, la Biblia es un conjunto de escritos históricos coherentes, redactados a lo largo de más de mil años, por autores distintos, en contextos reales y verificables. No surge de una experiencia privada ni de una voz interior incuestionable, sino de un proceso público, contrastado y preservado por comunidades enteras.
No fue “canalizada” por una sola persona ni transmitida en secreto. Fue copiada, estudiada, defendida y, en muchos casos, protegida a costa de persecución y muerte. Precisamente por eso, su mensaje se mantuvo reconocible y consistente.
Este contraste es importante. Mientras Un Curso de Milagros se apoya en una experiencia interna imposible de contrastar, la Biblia se apoya en testimonio, historia y coherencia doctrinal. Por eso merece ser examinada con honestidad, no descartada de antemano.
Si te interesa profundizar en este punto, he desarrollado con más detalle por qué la Biblia es un texto fiable tanto histórica como espiritualmente en este artículo:
La fiabilidad de la Biblia.
Además, la Biblia presenta al ser humano de una forma incómoda pero realista. No como divino ni autosuficiente, sino como creado, responsable y necesitado de restauración. No halaga al ego, pero explica con claridad el conflicto interior que todos reconocemos.
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (Primera carta de Juan 1:8).
Las consecuencias espirituales y emocionales
Cuando el mal se reduce a una ilusión, el dolor no se afronta, se niega. Y lo que se niega no se sana. Solo se aplaza.
Una espiritualidad que elimina la culpa elimina también la responsabilidad. No hay decisiones que asumir, no hay errores que reconocer, no hay daño que reparar. Todo se reinterpreta mentalmente hasta que deja de molestar.
El resultado no es libertad, sino confusión. Personas sinceras intentando sanar heridas reales mediante ejercicios mentales, decretos o cambios de percepción, mientras el conflicto interior sigue intacto.
He visto cómo este tipo de espiritualidad atrapa a personas sensibles y buscadoras, llevándolas a un bucle constante: si algo duele, es que no has entendido bien; si algo se rompe, es que no has elevado suficiente la conciencia; si no hay paz, el problema siempre eres tú.
Lejos de traer descanso, este sistema genera desgaste emocional, culpa encubierta y una sensación permanente de insuficiencia espiritual. No hay descanso real porque no hay verdad firme donde apoyarse.
Además, cuando no existe una verdad objetiva, cada persona termina construyendo su propio sistema espiritual. Lo que hoy sirve, mañana se descarta. Lo que hoy alivia, mañana ya no alcanza. Todo es relativo, inestable y frágil.
La Biblia advierte con claridad de este tipo de deriva espiritual:
“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias; y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3-4).
Cuando la espiritualidad se adapta constantemente para no confrontar al ser humano con la verdad, deja de ser un camino de sanidad y se convierte en un refugio cómodo para no cambiar nada.
Mi experiencia personal
Yo no practiqué Un Curso de Milagros directamente, pero sí conviví de cerca con personas muy cercanas que lo estudiaron y lo practicaron durante años. No hablo de referencias lejanas ni de teorías, sino de relaciones reales y cotidianas.
Fue precisamente ahí donde empecé a percibir con más claridad los efectos de este tipo de espiritualidad. No tanto por lo que decían, sino por la actitud que desarrollaban con el tiempo.
En esas personas observé algo que se repetía: una sensación de superioridad espiritual difícil de nombrar, pero muy presente. Hablaban de amor y perdón, pero mostraban poca empatía real. Parecían siempre un paso por encima, como si el dolor ajeno fuera una señal de falta de conciencia.
No era una agresividad evidente, sino algo más inquietante: una bondad impostada. Un tono suave, palabras correctas, pero una frialdad emocional que alejaba. Las emociones humanas intensas —el duelo, la culpa, la fragilidad— parecían incomodarles.
Cuando alguien sufría, no había acompañamiento sincero, sino explicaciones espirituales. Si algo dolía, era porque no se había cambiado la percepción. Si había conflicto, era porque el otro no había despertado lo suficiente. El sistema nunca se cuestionaba; la responsabilidad siempre recaía en la persona que sufría.
Con el tiempo, esta actitud fue rompiendo vínculos. No acercaba, aislaba. Generaba distancia, juicio encubierto y una incapacidad real para caminar con otros en medio del dolor.
Más allá de esas relaciones concretas, yo crecí en un entorno donde ideas similares eran normales: energías, decretos, guías interiores, señales constantes. Todo parecía elevado, pero el vacío seguía ahí.
Tras la pérdida de mi madre y una etapa larga de relaciones insanas y heridas no resueltas, ninguna espiritualidad alternativa supo sostenerme. Prometían luz, pero no sabían qué hacer con la oscuridad real. No había espacio para el duelo, el arrepentimiento ni la responsabilidad sincera.
No fue una experiencia emocional intensa lo que me sacó de ahí. Fue un proceso lento, honesto y sin atajos. Leer la Biblia sin filtros me confrontó de una manera que ninguna espiritualidad anterior había hecho.
Por primera vez no me sentí espiritualmente superior ni “más consciente”, sino situada en la verdad. Entendí el dolor, el pecado, la responsabilidad y también la gracia, no como conceptos abstractos, sino como realidades profundamente humanas.
La diferencia fue clara: frente a una espiritualidad que endurece el corazón mientras aparenta luz, encontré una verdad que primero me quebró y después me ordenó. Y eso, aunque no es cómodo, sí es real.
La diferencia entre alivio espiritual y verdad
Un Curso de Milagros busca aliviar la mente. Su propuesta es reducir el malestar reinterpretando la realidad hasta que deje de doler.
El Evangelio no funciona así. No empieza calmando, empieza revelando. No anestesia el conflicto interior, lo saca a la luz.
La diferencia es fundamental. El alivio espiritual intenta que nada incomode; la verdad, en cambio, confronta lo que está desordenado para poder restaurarlo. Una evita el dolor; la otra lo atraviesa con sentido.
Por eso el Evangelio no promete control emocional ni equilibrio permanente. Promete algo más profundo: reconciliación con Dios y una transformación real que no depende de la percepción, sino de la verdad.
“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Evangelio según Juan 8:32)
La libertad no llega cuando dejamos de sentir, sino cuando dejamos de huir de la realidad.
Una invitación a examinar las fuentes
Si Un Curso de Milagros forma parte de tu camino espiritual, la cuestión no es aceptarlo o rechazarlo por inercia, sino examinar con honestidad de dónde procede su mensaje y hacia dónde conduce.
Comparar fuentes no es traicionar una búsqueda sincera; es respetarla. Leer los Evangelios por uno mismo, sin filtros ni reinterpretaciones, cambia por completo el marco de la espiritualidad. No porque tranquilice, sino porque sitúa al lector ante una verdad concreta.
Jesús no se presenta como una conciencia universal ni como un símbolo adaptable. Habla con autoridad, se define a sí mismo y no deja espacio para versiones cómodas de su identidad.
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Evangelio según Juan 14:6)
No es una frase inspiradora más. Es una afirmación que exige una respuesta. No puede diluirse sin perder su sentido, ni combinarse sin quedar negada.
La búsqueda espiritual no termina mirando más hacia dentro, sino confrontando la verdad cuando se presenta con claridad.
❥ Sarai





